Esquizofrenia y lenguaje empresarial

Viktor Frankl, fundador de la logoterapia, expone en Psicoanálisis y existencialismo diversos rasgos propios de la persona que padece esquizofrenia. En concreto, ha llamado mi atención la insistencia con que tales personas afirman vivir con la sensación de ser espiados, de ser observados o ser escuchados, en muchos casos de ser perseguidos. Esta forma de expresarse, recurriendo con reiteración a la voz pasiva, sugiere —siempre según el maestro vienés— que la persona con esquizofrenia deja de considerarse sujeto o agente de su vida para entenderse como un objeto paciente, el receptáculo a través del cual la vida ocurre, discurre o se escurre inasiblemente. En tal medida, en tanto se experimenta a sí mismo como objeto, el esquizofrénico se presenta como un ser despersonalizado.

Por mi parte, también en los documentos empresariales observo un abuso frecuente en el empleo de la voz pasiva. Así, en lugar de optar por Nuestro equipo de Atención al Cliente atendió satisfactoriamente todas sus reclamaciones, es habitual encontrar oraciones como Todas sus reclamaciones fueron atendidas satisfactoriamente. Caben aquí tres consideraciones:

1. El uso de la pasiva es posible, útil y hasta recomendable en determinados contextos, pero no conviene excederse en tal empleo porque la voz activa es más natural en nuestro idioma (oraciones como He was supposed to be there o I was told to do so, por ejemplo, nunca deberían traducirse como *(Él) Era supuesto que estaría allí o *Fui dicho que lo hiciera así). Además, si la pasiva se emplea con acierto cuando se desconoce al sujeto de la acción o este se omite deliberadamente, carece de lógica —salvo quizá para focalizar la atención— emplear esta pasiva perifrástica y luego, como tantas veces sucede, rematar la oración con el sujeto paciente: Todas sus reclamaciones fueron atendidas satisfactoriamente por nuestro equipo de Atención al Cliente. Para ese rodeo, no hacían falta alforjas: ¿por qué no es el equipo de Atención al Cliente el que directamente atiende de manera satisfactoria todas las reclamaciones?

2. Un texto en el que abundan las oraciones pasivas queda en efecto despersonalizado. Pese a que esta despersonalización puede justificarse en ocasiones y con cuentagotas —si se quiere resaltar que la autoría del texto corresponde a una institución o a un cargo más que a una persona física—, será contraproducente cuando lo que una empresa persigue es mostrarse cercana a su cliente. En la oración de ejemplo, además, la gestión de los empleados ha sido satisfactoria: ¿no es una lástima que la empresa desaproveche una oportunidad fantástica para atribuirse un mérito que en rigor le corresponde?

3. Aun en el supuesto de que el cliente que reclama no quede tan satisfecho, emplear la voz activa defiende a la empresa de acusaciones a veces injustas: «Ustedes no han hecho nada». «Pues no, mire usted, señor: nuestro equipo ha atendido sus llamadas, hemos localizado sus maletas, nos hemos puesto en contacto con su esposa…». La voz pasiva, de nuevo, minimiza el esfuerzo realizado por la empresa: Sus llamadas fueron atendidas en todo momento, se localizó su equipaje [pasiva refleja] y su esposa fue avisada para que estuviese en el domicilio de contacto.

Por otra parte, una segunda peculiaridad de las personas que padecen esquizofrenia es su tendencia a expresarse mediante «construcciones sustantivadas, no pocas veces forzadísimas (“comer-ición”, y otras por el estilo)». Pues bien: este patrón se repite asimismo en el lenguaje empresarial. En un protocolo concebido para tramitar el carné de acceso a un gimnasio, leemos que «El carné será confeccionado para su entrega al interesado», donde los autores podrían haber escrito El responsable [del departamento que corresponda] confeccionará el carné y se lo entregará / lo hará llegar al interesado. De nuevo, esta segunda redacción ofrece al menos dos ventajas:

1. Al apoyarnos en formas verbales, la oración adquiere fluidez, en contraste con la sensación estática y pesada de los escritos excesivamente sustantivados.

2. Desaparecen las frecuentes cacofonías producto de las sustantivaciones y la voz pasiva perifrástica (en este caso, la rima no buscada en –ado).

Igualmente, la logoterapia —también conocida como terapia existencial— concibe al ser humano como ser-responsable, esto es, como persona capaz de responder de sus actos en la vida y, sobre todo, ante la vida (al fin y al cabo, se nos dice, no somos nosotros quienes interrogamos por el sentido de la vida, sino que es la propia vida la que constantemente nos plantea a nosotros preguntas a cada paso, y de nuestra habilidad para responder con actos depende que descubramos y realicemos el sentido vital de cada circunstancia específica). Sin embargo, si partimos de que la persona con esquizofrenia no se asume como agente, de que no se reconoce capacidad de actuar, el concepto de responsabilidad o ser-humano-responsable queda diluido. En tales casos, el análisis existencial carece de un punto de apoyo o palanca desde el que ayudar al paciente, ante el cual el logoterapeuta solo puede mostrar su impotencia o adoptar otro enfoque médico, quizá derivarlo a otro especialista.

(En este sentido, los defensores de la Gestalt acostumbran a sus pacientes a que sustituyan sus oraciones impersonales en segunda persona por oraciones en primera persona: en lugar de En cuanto te descuidas, empiezas a correr el horario y acabas acostándote a las mil y monas, el terapeuta recomienda al paciente que parafrasee su afirmación diciendo En cuanto me descuido, empiezo a correr el horario y acabo acostándome a las mil y monas. Y ello, de nuevo, para habituar al paciente a responsabilizarse de su vida. Si el lenguaje refleja la forma de pensar, sentir o percibir la realidad, un discurso impersonal sugiere, por así decirlo, la ausencia de un centro de maniobras a partir del cual reconducirse. Apunta a un vacío. En cambio, en cuanto nos responsabilizamos de nuestras acciones con ese primer paso de hablar en primera persona, no solo asumimos los posibles errores, por dolorosos que resulten, sino que también y ante todo recuperamos el poder para cambiar nuestras acciones y mejorar: soy yo quien me descuido, quien corro el horario y me acuesto tarde; yo también quien puedo disciplinarme, en mi mano está el poder, entre mis dedos las soluciones).

Por fin, si se me permite llevar quizá a un extremo la analogía que vengo desarrollando, en las relaciones que el ciudadano mantiene con muchas empresas —digamos con las suministradoras de electricidad o de servicios de telefonía— a menudo echo en falta la figura de un responsable auténtico. Descorazona no hallar a una persona dispuesta a admitir errores sin ambages. Errores humanos y admisiones definitivas. Reconocimientos que dejen de marear al usuario, en vez de voces que se excusan tras la entelequia de una empresa anónima y despersonalizada, sin rostros concretos reconocibles: «El sistema no lo permite»; «El protocolo así lo estipula»; «Le paso con X, que le pasará con Y, que le pasará con Z, que volverá a pasarle con X, que se llama Kafka…». A falta de personas que respondan terminantemente de las acciones de una empresa, ¿a quién le extrañará experimentar la impotencia del logoterapeuta ante el paciente con esquizofrenia?

Si bien es cierto que el poder en este caso parece caer del lado de la empresa, cada vez más habrá de decantarse en favor del ciudadano. En su Viaje al optimismo, el escritor y científico Eduardo Punset no duda en ensalzar la repercusión de las redes sociales como fuerza de cambio en esta era digital recién estrenada. Las empresas, en síntesis, hacen bien en abrirse a sus clientes para escuchar sus opiniones. Esto sí, siempre y cuando esta polifonía crítica no se desperdicie trocándose en una estrategia para camuflar, confundir o acallar la voz de la responsabilidad propia. De actuar así, a fuerza de desentenderse de su propia conciencia, la empresa podría terminar como el esquizofrénico que, presa de alucinaciones acústicas, toma por extraños y vive pasivamente los diálogos interiores que «en el hombre sano acompañan obligadamente al pensamiento».

La empresa, en definitiva, debe escuchar al ciudadano y contestar activa y responsablemente: lo contrario solo genera discursos en pasiva vacíos y pesados, fríamente impersonales, sin sentido.

Por supuesto, también a mí me concierne consumar mis actos (banda sonora de Psicosis).

De verdad, Fede

De verdad, Fede, solo puedo decirte que siempre he disfrutado de tu compañía cuando hemos compartido tertulias en el Comercial; que siempre te he recordado con cariño cuando por cualquier motivo he pensado en ti; y que me hacía muchísima ilusión la posibilidad de empezar a ser compañeros de trabajo en breve.

No es que destaques por tu bondad, sino que llegaste a leerte mi primer borrador de novela y tuviste la discreción de no disuadirme de mis pretensiones literarias. Sin duda, solo eso bastaría para situarte cerca de la santidad si no fuera porque probablemente te aburriría.

Y a ti te ha gustado disfrutar como al que más: organizando Pepealias, participando en fiestas o saraos como la reciente despedida de l’Autoridá, dosificando las horas de trabajo para pegarte panzadas de apenas diez días seguidos sin pegar ojo para sacar adelante algún número de Panacea o del BILE…

Me quedo con tu entusiasmo. Me quedo contigo.

Supresión de la tilde en el adverbio solo y en los pronombres demostrativos

Hace ya más de un decenio que se aconseja suprimir la tilde en el adverbio solo y en los pronombres demostrativos. Y esa recomendación se convirtió en norma de obligado cumplimiento en la mayoría de los casos con la aparición del Diccionario panhispánico de dudas (DPD) en el año 2005. Por fin, a partir de la publicación de la Ortografía de la lengua española (OLE), se recomienda la eliminación de dicha tilde incluso en casos de ambigüedad. Es decir, suprimir la tilde es obligatorio en general y se recomienda también en los casos de ambigüedad.

La redacción de la OLE puede prestarse a confusión, a interpretar que se recomienda eliminar la tilde en todos los casos, incluso en los de ambigüedad…, pero que en realidad es siempre optativo. Y no: previa consulta al departamento correspondiente, la Academia confirma que hoy se considera falta de ortografía tildar tales palabras salvo en los citados casos de ambigüedad, en los que aun así se prefiere prescindir de ella.

Regla de oro: adiós a la tilde de solo y los demostrativos siempre.

Sea como sea, ¿a qué casos de ambigüedad me refiero? A oraciones en las que solo puede interpretarse —en teoría— tanto como adjetivo como como adverbio. Así, si decimos Voy al cine solo, podemos querer decir que no nos acompaña nadie, en cuyo caso solo es adjetivo; o que vamos al cine únicamente, pero no nos apuntamos a las cañas de después, en cuyo caso solo es adverbio. Matizo que «en teoría» porque en realidad el contexto tiende a eliminar la ambigüedad y, además, esta desaparece con simples cambios sintácticos, como anteponer el adverbio: en efecto, si decimos Solo voy al cine ya nada más se entiende que ahí solo cumple función adverbial (salvo, quizá, en algún contexto poético).

Pues bien: como decía, incluso en estos casos ciertamente escasos —con los pronombres demostrativos directamente son inusitados— se recomienda quitar la tilde.

De nuevo la regla de oro: adiós a la tilde de solo y los demostrativos siempre.

Cuando en clase informo de estas modificaciones, no es extraño que los alumnos se quejen de los «cambios caprichosos» de la Academia y que hasta teman que mañana vayan a despertarse los académicos con humor travieso y decidan cambiar todas las bes por uves. A lo cual siempre respondo que el objetivo de tal institución no es chinchar ni desconcertar a los hablantes, sino alcanzar criterios coherentes, en este caso un criterio acentual. Sin duda, toda lengua encierra sus complejidades y anomalías, pero entiendo que es positivo perseguir el objetivo —por difícil que resulte su consecución— de alcanzar un criterio perfecto. Y quizá la belleza y fragancia de la lengua resida más en ese anhelo, en esa tensión entre su estado real y su estado ideal de perfección apetecida, que en la flor inmaculada y sin defecto.

¿Por qué criterio se rige la Academia, entonces, en el uso de las tildes diacríticas? Mi recuerdo escolar, como el de tantos alumnos, apuntaba erróneamente a que la pauta consistía simplemente en distinguir palabras de igual forma pero distinta categoría gramatical. Así, por poner solo un ejemplo, escribimos el bebé sin tilde porque ahí el es artículo, mientras que escribimos él bebe porque aquí él es pronombre dipsomaniaco: yo me doy a la bebida, tú te agarras cogorzas y él regresa a casa haciendo eses.

Sin embargo, el criterio no es este, pues en tal caso también deberíamos poner tilde a otros pares homógrafos y distinguir, así, entre Sal de casa (verbo) y La sal de la vida (sustantivo), Un corazón puro (adjetivo) y Te va a caer un puro (sustantivo), Tú velas por tus intereses (verbo) y Te quedaste a dos velas (sustantivo). Etcétera.

En los pares de palabras homógrafas, llevan tilde aquellas que sean tónicas cuando la otra palabra del par sea átona

El criterio, pues, es el siguiente: en los pares de palabras homógrafas, llevan tilde aquellas que sean tónicas cuando la otra palabra del par sea átona. En los ejemplos del párrafo anterior, ya fuesen verbos, sustantivos o adjetivos, sal, velas y puro son siempre palabras tónicas.

Pues bien: lo mismo sucede con solo y con los demostrativos, que son siempre palabras tónicas con independencia de que sean adjetivos, adverbios o pronombres.

¿Cuál era la bendita regla de oro? Ah, sí: adiós a la tilde de solo y los demostrativos siempre.

En realidad, la nómina de palabras átonas es muy reducida y se recoge en el punto 1.1.d) de la entrada ACENTO del DPD. En cualquier caso, esta pauta de la diferente tonicidad sí explica que lleve tilde Quiero que me dé la razón, pero no El uso de la razón está sobrevalorado: en el primer caso, la forma verbal es tónica, motivo por la cual se distingue con la tilde, mientras que en el segundo caso la preposición es átona.

Es verdad que cabría oponer como objeción que aún hay más pares de homógrafos con diferente tonicidad en los que no se aplica la tilde diacrítica. Así, si decimos Estoy para el arrastre, para es palabra átona, mientras que en Para, para, que no me entra el aire, la forma verbal para es tónica y, de acuerdo con el criterio expuesto, «debería» llevar tilde. Lo mismo sucede con Como usted quiera, don Eusebio, donde don es palabra átona, y Eusebio tiene el don de la inoportunidad, donde don es palabra tónica. (No son muchas, pero existen aún más excepciones).

Ahora bien, si ya se ha armado un enorme revuelo con la supresión de las dos humildes tildes de solo y los demostrativos, es fácil imaginar las manifestaciones multitudinarias de protesta (dejadme que fantasee con que a la gente le importan estos asuntos :-) ) en contra de la imposición de tildar, a partir de ahora, para, don y todas las demás excepciones.

¿Y por qué, cabe aún preguntarse, se respeta el uso tradicional de no tildar para o don cuando son formas tónicas, pero sí se ha decidido ir contra el uso asentado de tildar solo y los demostrativos? Porque de esta manera, por lo menos, puede que no estén todas las que son (que no tengan tilde diacrítica todas las palabras tónicas de pares homógrafos), pero sí son todas las que están (todas las palabras que llevan tilde diacrítica respetan verdaderamente el criterio de homógrafas tónicas). El adverbio solo y los demostrativos estaban, pero no eran. Así que ya sabemos la regla de oro.

El análisis podría terminar aquí, aunque, probablemente, si se quisiera alcanzar la coherencia total, lo que la Academia debería hacer en realidad no es tanto añadir tildes diacríticas a las formas tónicas de para o don y demás excepciones, sino suprimir todas las tildes diacríticas, pues no son necesarias y así atenderíamos mejor al criterio de brevedad y economía del lenguaje.

¿Por qué no ha propuesto esta medida la Acamedia? Porque chocaría contra el uso consolidado de tildar él, , , , etc., y cualquier cambio de este estilo —a las pruebas del solo y los demostrativos me remito— encuentra enorme resistencia por parte de los hablantes.

En definitiva, lo que cae por su propio peso es que la supresión de la tilde en solo y los demostrativos no es un capricho académico, sino que obedece a criterios justificados. Dicho esto, no me cabe duda de que es un mensaje larguísimo y probablemente solo lleguen al final los que ya prescinden de la tilde de marras.