La presidenta, la jueza y la miembra (II)

Llegamos entonces a la cuestión, más peliaguda o espinosa, de la coherencia interna. Desde este punto de vista, huelga señalar que la inmensa mayoría de los sustantivos que terminan en -o pertenecen al género masculino (sombrero, río), del mismo modo que la generalidad de los sustantivos acabados en -a se relacionan con el género femenino: palmera, avenida. Siendo el lenguaje un sistema complejo, no obstante, el idioma español cuenta con un surtido imaginable de excepciones: desde la mano y los escasos acortamientos femeninos, como la moto, la foto y la quimio (apócopes en realidad de motocicleta, fotografía y quimioterapia), hasta una porción más nutrida —entre otras «irregularidades»; por ejemplo, el día— de nombres masculinos terminados en -ma: el pijama, el problema o el teorema. Conforme. Pero, admitido esto, en principio y en conjunto podemos afirmar sin sudores álgidos que las desinencias -o y -a se vinculan respectivamente con el género masculino y femenino. No solo eso: en el caso particular de los sustantivos que designan seres animados, de acuerdo con la Nueva gramática de la lengua española y ediciones anteriores, «el género sirve para diferenciar el sexo del referente», hombre o mujer, hembra o macho, frutero o peluquera.

Este paradigma afecta, por tanto, a los sustantivos que designan profesiones y cargos, motivo por el cual abrazamos sin reparos el par el camarero / la camarera. Ni siquiera necesitamos tomar conciencia de engranaje gramatical alguno para darle nuestro visto bueno, pues su forma «nos suena», igual que un rostro familiar al que enseguida nos confiamos. Crear *camareri nos desconcertaría y pondría en guardia de inmediato, pero camarero y camarera no requieren de presentaciones, por así decirlo. Entonces, retomando el caso de las ingenieras, las médicas y las notarias, el instinto idiomático sugiere espontáneamente estas formas femeninas. Que haya sectores que se inclinen por la ingeniero, la médico y la notario obedece a causas de interpretación incierta: ¿se debe a un sentimiento de inferioridad femenina, según el cual la ingeniero, la médico y la notario parecen insuflar más categoría o mejor quehacer profesional?, ¿o quizá es un efecto de malentender la «igualdad» anhelada entre mujeres y hombres?, ¿acaso responde a un saber auténtico que toma como modelo pares como el / la piloto, el / la soldado o el / la soprano?

Examinemos estas tres posibilidades, quizá las más probables, pero con seguridad no las únicas:

  • Si la preferencia por la ingeniero nace de un complejo de inferioridad hacia los hombres, entiendo que lo saludable pasa por dejar de depender del género masculino y, reconociéndose y aceptándose como mujer, identificarse la notaria con la desinencia -a, propia del género y el sexo femeninos. Se conseguirá así que la acepción caduca ‘esposa del notario’ quede completamente desplazada hasta volverse obsoleta.
  • En caso de que la elección de la notario surja de un deseo de igualdad, no revelo ningún secreto si declaro que hombres y mujeres no somos iguales, sino felizmente distintos y complementarios. Más que igualdad, intuyo que toda reivindicación feminista habrá de perseguir una legislación justa y prácticas de equidad, en especial en lo que concierne a su situación laboral o económica, pero también en cuanto a reconocimiento o prestigio artístico, científico, deportivo o de cualquier otra índole. En lo que al sistema lingüístico incumbe, tal parejura quizá podría concretarse en reclamar precisamente que la desinencia femenina -a se yerga en paridad de frecuencia con el morfema masculino -o, en vez de la opción contraria de refugiarse bajo este insignificantemente, agazapada la mujer detrás del morfema -o en la notario.
  • Suponiendo, por fin, que la opción la notario se fundamenta en pares análogos existentes (el / la soprano), valga manifestar que estos casos son harto desacostumbrados. Conque, a fin de salvaguardar la unidad de criterio —tan conveniente en gramática como empobrecedora en las artes—, parece recomendable no tomar como modelo las excepciones, sino los usos regulares.

Sirve este último punto, de cualquier manera, para introducir el concepto de sustantivos comunes en cuanto al género, denominación con la que aludimos a aquellos nombres en que los morfemas femenino y masculino no alternan, sino que se impone una forma única y el sexo del referente queda precisado por los determinantes próximos: el / la modelo, el / la tenista, el / la atleta, el / la suicida, el / la hortera… Se infiere de esta lista, breve pero representativa de la totalidad, que el número de sustantivos comunes en cuanto al género terminados en -a supera y multiplica a los que acaban en -o. Un hombre ofendido por semejante circunstancia podría presentar este rasgo lingüístico para cuestionar el presunto machismo del idioma español, pues aquí «queda invisibilizado» —de acuerdo con la expresión recurrente de muchos alegatos feministas— tanto el burócrata como el aristócrata, desde el periodista hasta el novelista. No en vano, así como se ha discriminado a la mujer impidiéndole el acceso al trabajo no doméstico, también se ha discriminado históricamente al hombre empujándolo a un mundo laboral desabrido, muchas veces enojoso y endurecedor, según ha podido comprobar la mujer desde su incorporación a él. Ese hombre podría, pues, cifrar su sensibilidad y capacidad creativa en ese morfema de género supuestamente escamoteado: ya que nosotros no experimentamos el embarazo, ya que hemos de ser fuertes y no dejar escapar una lágrima así nos arranquen una muela sin anestesia o nos canten un réquiem para celebrar el cumpleaños, ¿qué menos que enorgullecernos de nuestras profesiones artísticas, tan conectadas con las emociones, y proclamarnos *novelistos o *violinistos?, ¿qué prodigios corporales nos encumbran aparte de los malabarismos y proezas que ejecutamos como *futbolistos o *ciclistos?

Podría ser. Los hombres podríamos tratar de conquistar nuestra sensibilidad arañándole al léxico una vocal, ese morfema de género que diferencia el sexo en los seres animados. Pero también podría argumentarse que no hay tal discriminación lingüística —en este punto al menos—, sino que simplemente nuestro idioma dispone de sufijos variables (-ero / -era, -logo / -loga) e invariables. De entre estos últimos, muchísimos terminan en -a, como -ista, -atra y -nauta (el / la taxista, el / la pediatra, el / la internauta); menos acaban en -o, como -ismo o -dromo (laísmo, hipódromo); y, en menor número aún, los hay que finalizan con una consonante, como -itis (apendicitis). Por mi parte, yo prefiero que ese tesoro y cultivo de afectividad masculina provenga del sentir diario, de habituarme a respirar mis alegrías y tristezas, de asumir mis entusiasmos, congojas e impaciencias; de detenerme a mirarme y también de aprender a soltar y a dejar de analizarme para simplemente ser y reposar en la ternura y el miedo y el aburrimiento y el orgullo y la envidia y todo cuanto de humano surja y descubra dentro de mí. Al César lo que es del César y a la lengua sus sufijos.

Nada más de momento. En la siguiente entrada, abonado ya el terreno para discernir con criterios lingüísticos —no emocionales—, nos adentraremos por fin en los sustantivos comunes en cuanto al género terminados en ­-e o en consonante: ¿la presidente y la juez?, ¿o mejor la presidenta y la jueza?

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