La presidenta, la jueza y la miembra (I)

Mucho se ha hablado —y seguirá debatiéndose a buen seguro— sobre el desdoblamiento de los sustantivos que designan profesiones y cargos. Algo tan natural como distinguir entre bibliotecarios, panaderos o secretarios, por un lado, y bibliotecarias, panaderas o secretarias, por otro, se presta sin embargo a discusiones acaloradas cuando —por proponer dos de los casos más controvertidos— la actividad desempeñada es la de juez o el cargo que se ocupa corresponde al de presidente. ¿Existen formas femeninas específicas para nombrar a las mujeres que desarrollan tales funciones? De no ser así, ¿deben crearse?, ¿con qué fin?

En este sentido, si se persigue el consenso de la comunidad de usuarios del idioma, toda conclusión habrá de quedar respaldada por argumentos coherentes. En concreto, esta coherencia puede apoyarse en referentes externos o internos al sistema lingüístico: así pues, hablaremos de coherencia externa cuando el argumento apunte a que el idioma español debe reflejar nuestra cambiante sociedad moderna; mientras que por coherencia interna entenderemos aquellas razones puramente gramaticales, como la capacidad de los sustantivos de presentar morfemas de género o número.

Centrándonos primero en la coherencia externa, difícilmente extrañará que la palabra abogado aparezca en el Diccionario académico de 1925 solo en su variante masculina, mientras que la forma femenina permanece sin agregar hasta la edición de 1992: sin duda, el número de mujeres que ejercen la abogacía en la actualidad ha aumentado de tal forma durante el último siglo que la inclusión de abogada es tan lógica ahora como décadas atrás innecesaria. Nuevos tiempos siembran palabras nuevas.

Y por si acaso resulta pertinente la aclaración, para quien considere que existir sí que existían algunas mujeres abogadas en 1925 y que en tal medida la forma femenina debería haber figurado ya entonces, cabe recordar que la Academia consagra aquellos términos bien asentados entre los hablantes, de uso extendido y con tradición demostrable. Ello explica, cambiando de ámbito momentáneamente, que el término SMS no se encuentre en la edición de 2001, cuando la telefonía móvil aún estaba despuntando, pero sí se incorpore en el avance de la vigésima tercera edición —disponible en línea—, una vez que se han extendido y generalizado tanto el intercambio de tales mensajes como la escritura de la sigla. Tal desfase temporal no manifiesta en realidad sino la prudencia de una institución que busca garantías antes de bendecir modismos fugaces y perecederos, voces de paso como el fistro de Chiquito de la Calzada, ubicuo a mediados de los noventa y comprensiblemente abandonado tras su apogeo chistoso o bufonesco finisecular.

De acuerdo con el mismo patrón de desdoblamiento en abogado y abogada, cabe reunir, en fin, a todas las arquitectas, ingenieras, médicas, notarias y demás mujeres que en la actualidad honran dichas profesiones. Y además en legión. Sorprende en este punto, en cualquier caso, la desigual acogida de estas formas femeninas, a menudo por parte de las propias mujeres: por ejemplo, así como la palabra ingeniera se recoge ya en el Diccionario de 1992 para nombrar a la mujer que profesa la ingeniería, el término notaria continuaba a la sazón denominando únicamente a la esposa del notario; de hecho, no adquirió rango autónomo como funcionaria y fedataria legal hasta la edición de 2001, y aun hoy muchas notarias prefieren denominarse mediante la forma masculina. Del mismo modo, incluso hoy se observan reticencias hacia la variante médica, que en diversas zonas geográficas prevalece en su forma masculina, precisado el referente por el determinante que antecede al sustantivo: el / la médico, muchos / muchas médicos.

Se trata, como se desprende de todo lo antedicho, de un proceso adaptativo de ida y vuelta entre lengua y sociedad, de su desarrollo y adecuación simbiótica naturales. Nada más, por tanto, que añadir respecto a la coherencia externa. Confío en que de momento no habrá voces disonantes. Aunque no canto victoria: o mucho me equivoco o esta era la parte sencilla de la exposición. Veremos.

4 thoughts on “La presidenta, la jueza y la miembra (I)

  1. Creo que el español fue “prostituido” durante muchísimos años, país por país. Ahora, con la Internet, hay una tendencia a tener un modelo homogéneo para todos. Los modismos, se contagian. Las palabras retoman su significado original y pienso en pocos años más, con la globalización total de la Internet, tendremos un español más uniforme, mundialmente.Creo que los cambios en las palabras y sus adaptaciones, serán más resultado de “comodidades” lingüisticas, que reglas gramaticales.

  2. Estaba a punto de escribir algo similar en un mensaje q les sería enviado a mis amigos, debido a la gran polemica sobre el femenino y masculino de ciertas palabras, sobre todo de las profesiones, que con la llegada de los tiempos y de las leyes de inclusión de genero en algunas naciones, esto se ha vuelto determinante. Los felicito, maravilloso escrito, lo compartiré por que en verdad, ademas que aclara, enseña muchisimo a las nuevas generaciones y ubica a los mas viejos.

  3. Esta era la parte más sencilla de la exposición, David. Me quedé sin despejar mi duda con respecto a las profesiones del título de tu post.
    Me parece coherente lo de la coherencia externa (valga la redundancia). Los cambios que nacen a consecuencia de la evolución social, afectan a todos los órdenes, cuanto más al del lenguaje, creador de nuestra realidad.
    Me alegra haberte encontrado. No conocía tu blog.
    Saludos cordiales.

  4. médica es totalmente justo, presidenta, no.Tampoco inteligenta, indigenta…; es preciso conocer la formación de los géneros, palabras invariables, etc.

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