Día Internacional de las Personas Mayores

Me informan de que hoy se celebra el Día Internacional de las Personas Mayores. Toda una casualidad, pues precisamente mañana me incorporo a un programa de acompañamiento en domicilio. En este caso, de momento solo sé que C. tiene ochenta y ocho años, vive solo y paga para que duerman en su casa y no estar solo por las noches. A partir de este primer encuentro de mañana martes, me iré formando una idea de cuánta vida hay por detrás de esos casi noventa años. Y de cuánta vida hay por delante.

Como es lógico, a los voluntarios no se nos encomiendan tareas de asistencia profesional: en la mayoría de los casos, carecemos de la formación necesaria, de modo que el mejor servicio que podemos prestar al respecto, si no el único, es avisar a los servicios sociales de que tal anciano vive solo. Solo y, sobre todo, aislado. Todo ello siempre y cuando el anciano solicite recibir esa ayuda y compañía, claro está, circunstancia que ni ha de darse por supuesta ni puede imponérsele a todo trance. De hecho, cuanto más autónoma es la persona mayor, hasta prescindir incluso de «toda ayuda externa», tanto mejor para ella. Si el anciano se siente capacitado para relacionarse por sus propios medios con otras personas que disfrutan jugando a las cartas o simplemente charlando, la figura del voluntario queda felizmente desplazada. Puede que el objetivo inicial sea ofrecer compañía, pero el fin ideal sería crear una red de relaciones sociales que permita a la persona mayor desenvolverse sin voluntarios. Ciertamente, ellos preferirían no necesitarnos.

Respecto a mí, supongo que elijo este programa porque, si la mala salud o un accidente no nos encuentran antes, todos terminaremos siendo mayores: también mi madre, también mis suegros; también Laura, también yo. Con treinta y ocho años recién cumplidos, reconozco en mí tantas facetas como etapas vitales conviven en mi interior: a mi manera, sigo jugando a diario hasta límites que a veces rozan un bendito infantilismo; como en la escuela, continúo con curiosidad por aprender y descubrir; intento equilibrar, además, el deseo de afecto y la necesidad adolescente de afirmarme con espacios de independencia; por supuesto, asumo el trabajo, un trabajo del que disfruto, como parte de mi vida adulta… Y entonces me acuerdo de aquella cita según la cual «ser anciano es tener todas las edades».

Por mucho que pueda asustar, ser anciano no es únicamente la antesala de la muerte, un castigo inclemente (?). Y ya suena tópico y baladí repetir que temer la muerte denota a menudo no aprovechar la vida mientras dura. Lo cual no se soluciona sumando años a la vida, sino, continuando con las frases hechas, sumando vida a los años, cultivando el presente. No, si imagino mi vejez, apuesto a que encerrará todos los años comprendidos hasta haberla alcanzado: no solo mis casi cuarenta años actuales, sino también la madurez y progresiva ancianidad de mis siguientes décadas. ¿No es mucha vida junta para no compartirla?, ¿para invisibilizar a los mayores escondiéndolos o no yendo a su encuentro por miedo a la muerte o a nuestra propia vejez?

No es la primera vez que participo en un programa de acompañamiento similar. Durante un año, visité semanalmente a D., aquejado de alzhéimer. Aunque su discurso se volvía incoherente mes a mes, me gusta pensar que sosteníamos una verdadera conversación, apoyada en los tonos de voz, en las sonrisas, en los ojos agrandados, en cada expresión facial que nos permite comunicarnos más allá de las palabras. De paso, era un modo de dar respiro a su esposa, sufridora y disfrutadora a partes iguales del olvido y la presencia deteriorada de su marido.

Presencia. De eso se trata en definitiva. Creo que todos necesitamos que los demás —siquiera otro, un otro— atestigüen que estamos vivos. Durante muchos años, disponemos de los recursos necesarios para procurarnos la compañía deseada. En algún momento, por desgracia, algunas personas se ven privadas de sus seres queridos y de sus facultades para generarse relaciones sociales. Y van quedándose cada vez más excluidos del mundo, más ajenos a la vida, hasta que dan en sentir que solo les queda aguardar la muerte.

No tiene por qué ser así. Aunque soy el primero que, por vergüenza o temor a parecer entremetido, ha tardado meses en preguntarle al vecino de abajo si quiere mi teléfono por si necesita algo —y a una vecina de mi anterior casa nunca llegué a ofrecérselo—, lo cierto es que, una vez que superé mis reticencias, este vecino mío se ha mostrado agradecido por el gesto. Es increíble que algo sencillamente humano, tan natural no hace mucho tiempo y quizá aún común en zonas rurales, me suponga un quebradero de cabeza…

Me desvío. Digo, en resumen, que celebro este Día Internacional de las Personas Mayores y que deseo que progreso y humanidad vayan de la mano: que las tecnológicas redes sociales ayuden también a que las personas se sientan más cercanas, es decir, más vivas, gracias a los contactos que posibilitan.

¿Sabéis? En mis conversaciones con D., en medio de todo el galimatías de saltos temporales y lapsus lingüísticos y olvidos reiterados, una y otra vez me repetía: «¡Como no me dice nada!». A fuerza de acompañarlo, llegué a entenderlo tal como unos padres descifran el balbuceo de su bebé, ininteligible para otros adultos que no convivan con él. D. se encontraba atascado en el momento en que había pedido la mano de E., a la espera de su respuesta, impaciente, con el corazón en vilo. Eso sucedía durante el año y en el día justos en que sus familiares les organizaron una fiesta sorpresa por su cincuenta aniversario de casados. Puede que no fuese consciente de que E. ya había aceptado su petición y llevaban medio siglo de matrimonio feliz. A pesar de la bruma, en cambio, D. no había olvidado que esa respuesta era vital. Ignoraba su profesión, pero conservaba sus sentimientos. Había que observar su rostro de perplejidad, suma de incomprensión, maravilla y lucidez fugaz, cuando E. le explicaba que llevaban juntos toda la vida.

Desde luego, las personas mayores pueden ser tanto pozo como camino de sabiduría. Y, aunque al salir a pasear avancen despacio, me gusta acompañarlas. Yo soy el voluntario, ellas nos brindan la oportunidad de humanizarnos.

One thought on “Día Internacional de las Personas Mayores

Responder a mireya Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>