La presidenta, la jueza y la miembra (V)

Solo falta, pues, para terminar de desarrollar el título de esta serie de anotaciones en torno al género, que metamos mano al miembro sin rubor. Según parece, este vapuleado sustantivo causa repeluco atroz entre los partidarios de la corrección política, y ello hasta el punto de pretender transformarlo, cuando a mujeres alude, en tosca y tremebunda miembra, carente de cualquier pulimento, por no decir de piedad lingüística.

Sin duda, los lectores conocen que la palabra miembro puede emplearse como eufemismo de cierto órgano masculino encargado de dar respiro al cerebro en labores pensantes. No obstante, bastará que la mollera asuma el mando para discernir que existen acepciones de este término anejas a la mujer. ¿No es baladí precisar que un miembro se define asimismo como ‘individuo que forma parte de un conjunto o comunidad’, verbigracia, una ministra o militante de un partido político? Es justo en este sentido correligionario en el que se me antoja una petardez ese tic enojoso de ir hablando de miembros y miembras alegremente, como si la gramática hubiese sido concebida con el supremo anhelo de ofrecerse cual melón a pateadores de rugbi.

Lo diré: existe un tipo de sustantivos llamados epicenos con los que nos referimos tanto a hombres como a mujeres, sin que este dato —a diferencia de lo que sucede con los comunes en cuanto al género— quede concretado por el artículo precedente, que permanece invariable. En efecto, decimos siempre la persona, el personaje o la víctima, con independencia de que la persona se llame María José o José María, de que el personaje sea femenino o masculino, y de que la criatura sea chica o chico. Y tan ricamente hemos sobrevivido así durante décadas. No se nos ocurre, desde luego, tras despertarnos una mañana con bríos innovadores, agarrar un micrófono con la autoridad lingüística de quien podría estar blandiendo un Calippo y anunciar a través de sus ondas de lima limón la Verdad revelada, la Buena Nueva de que José María ha de ser en adelante un persono, don Quijote un personajo, una personaja la Ofelia shakespeariana, y qué decir del niño sufriente, doblemente un víctimo. No, cuando nos despertamos revolucionarios, acometemos como todo hijo de vecino la enjundiosa empresa de intercambiar de sitio el sofá y el televisor del salón; pero dejamos tranquilos los sustantivos, criaturitos ellos (?), que no tienen ninguna culpa de nuestras subidas de azúcar.

Todo esto, como podrá adivinarse, para informar de que miembro ha pertenecido tradicionalmente a este grupo de sustantivos epicenos, razón por la que espanta y estremece al oído sano el ingenio igualitario de las miembras. Aun a riesgo de merendarme mi vaticinio en tiempos venideros, estoy convencido de que tal perla idiomática no fracasará porque la Real Academia Española se oponga a su uso, sino que sucumbirá porque no hay cera suficiente en la oreja más taponada y guarra que pueda proteger el tímpano de esta barbarie. Si las colmenas tuvieran oídos, desearían ensordecer ante semejante aguijonazo.

Por otra parte, esto es verdad, sí parece que empieza a hacer fortuna el uso de este sustantivo como común en cuanto al género: el miembro / la miembro. La Nueva gramática de la lengua española así lo refleja en sus páginas. Pero no adelantemos acontecimientos. Este proceso de ir asentándose o descartándose novedades, en fin, constituirá la sustancia y médula de la entrada próxima de conclusiones.

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