La presidenta, la jueza y la miembra (IV)

Recorrido este camino, nadie debería rasgarse las vestiduras si subrayamos ahora la superfluidad de la voz jueza. Y lo concedo: de sobra sé que semejante innovación se halla extendida y asentada hasta en el uso culto. Pero no por ello la ‘mujer con potestad para sentenciar’ queda menos corneada por esa -a de asta arremetiendo contra el buen juicio, pegote impertinente cual empaste en muela no cariada, un adefesio. En efecto, insistir en la voz jueza no es sino propugnar una forzada variante femenina de lo que en rigor no tendría por qué dejar de ser más que otro sustantivo común en cuanto al género: el juez / la juez. Así de simple. Y así de controvertido (!).

De todas formas, por si acaso, quizá no resulte ocioso introducir dos conceptos nuevos: se llaman morfemas trabados (o ligados) aquellos que dependen de una raíz léxica, como la -a en niñ-a o la -o en ancian-o; mientras que las palabras que no pueden dividirse —sol, luz, mar, veloz, papel o pero, entre muchas otras— se denominan morfemas libres. Tal es el caso de juez, que solo podrá descomponerse si su graciosa señoría se atraca y atiborra de tantísima -a indigesta: ¿será jueza femenino de juez como del hombre tenaz lo sería una mujer tenaza?, ¿hasta dónde esta obstinación por desdoblar lo que no encierra dobleces?

Con todo, por si alguien no se da aún por convencido, bastará con recurrir de nuevo a la erudición iluminadora de Valentín García Yebra: «La inmensa mayoría de las palabras agudas que terminan en -ez son femeninas —nos aclara—: todas las terminadas en -dez, que casi llegan a cien […], y las acabadas en ­-tez (pasan de dos docenas). La más próxima a juez por la forma es nuez, que solo tiene distinta la primera letra».

Esta mayoría abrumadora de palabras femeninas entre los sustantivos agudos así acabados tiene visos de perpetuarse, además, pues tal es el género que impone el sufijo -ez al añadirse a bases adjetivales: tímido>timidez, viejo>vejez, brillante>brillantez, delgado>delgadez… De lo cual no se desprende que sufijo tan productivo en español sea sexista y contrario a los hombres, pero sí al menos que tampoco discrimina a las mujeres. ¿Cómo justificar,  en definitiva, atendiendo exclusivamente a razonamientos lingüísticos, la presencia de esa -a tan redundante en jueza?, ¿no correremos el riesgo de que una persona con ganas de pitorreo, por amor de una coherencia extrema, haga de tanto femenino diana de sus guasas y termine tomándonos, con perdón, por la coña de la Bernarda?

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