La presidenta, la jueza y la miembra (II)

Llegamos entonces a la cuestión, más peliaguda o espinosa, de la coherencia interna. Desde este punto de vista, huelga señalar que la inmensa mayoría de los sustantivos que terminan en -o pertenecen al género masculino (sombrero, río), del mismo modo que la generalidad de los sustantivos acabados en -a se relacionan con el género femenino: palmera, avenida. Siendo el lenguaje un sistema complejo, no obstante, el idioma español cuenta con un surtido imaginable de excepciones: desde la mano y los escasos acortamientos femeninos, como la moto, la foto y la quimio (apócopes en realidad de motocicleta, fotografía y quimioterapia), hasta una porción más nutrida —entre otras «irregularidades»; por ejemplo, el día— de nombres masculinos terminados en -ma: el pijama, el problema o el teorema. Conforme. Pero, admitido esto, en principio y en conjunto podemos afirmar sin sudores álgidos que las desinencias -o y -a se vinculan respectivamente con el género masculino y femenino. No solo eso: en el caso particular de los sustantivos que designan seres animados, de acuerdo con la Nueva gramática de la lengua española y ediciones anteriores, «el género sirve para diferenciar el sexo del referente», hombre o mujer, hembra o macho, frutero o peluquera.

Este paradigma afecta, por tanto, a los sustantivos que designan profesiones y cargos, motivo por el cual abrazamos sin reparos el par el camarero / la camarera. Ni siquiera necesitamos tomar conciencia de engranaje gramatical alguno para darle nuestro visto bueno, pues su forma «nos suena», igual que un rostro familiar al que enseguida nos confiamos. Crear *camareri nos desconcertaría y pondría en guardia de inmediato, pero camarero y camarera no requieren de presentaciones, por así decirlo. Entonces, retomando el caso de las ingenieras, las médicas y las notarias, el instinto idiomático sugiere espontáneamente estas formas femeninas. Que haya sectores que se inclinen por la ingeniero, la médico y la notario obedece a causas de interpretación incierta: ¿se debe a un sentimiento de inferioridad femenina, según el cual la ingeniero, la médico y la notario parecen insuflar más categoría o mejor quehacer profesional?, ¿o quizá es un efecto de malentender la «igualdad» anhelada entre mujeres y hombres?, ¿acaso responde a un saber auténtico que toma como modelo pares como el / la piloto, el / la soldado o el / la soprano?

Examinemos estas tres posibilidades, quizá las más probables, pero con seguridad no las únicas:

  • Si la preferencia por la ingeniero nace de un complejo de inferioridad hacia los hombres, entiendo que lo saludable pasa por dejar de depender del género masculino y, reconociéndose y aceptándose como mujer, identificarse la notaria con la desinencia -a, propia del género y el sexo femeninos. Se conseguirá así que la acepción caduca ‘esposa del notario’ quede completamente desplazada hasta volverse obsoleta.
  • En caso de que la elección de la notario surja de un deseo de igualdad, no revelo ningún secreto si declaro que hombres y mujeres no somos iguales, sino felizmente distintos y complementarios. Más que igualdad, intuyo que toda reivindicación feminista habrá de perseguir una legislación justa y prácticas de equidad, en especial en lo que concierne a su situación laboral o económica, pero también en cuanto a reconocimiento o prestigio artístico, científico, deportivo o de cualquier otra índole. En lo que al sistema lingüístico incumbe, tal parejura quizá podría concretarse en reclamar precisamente que la desinencia femenina -a se yerga en paridad de frecuencia con el morfema masculino -o, en vez de la opción contraria de refugiarse bajo este insignificantemente, agazapada la mujer detrás del morfema -o en la notario.
  • Suponiendo, por fin, que la opción la notario se fundamenta en pares análogos existentes (el / la soprano), valga manifestar que estos casos son harto desacostumbrados. Conque, a fin de salvaguardar la unidad de criterio —tan conveniente en gramática como empobrecedora en las artes—, parece recomendable no tomar como modelo las excepciones, sino los usos regulares.

Sirve este último punto, de cualquier manera, para introducir el concepto de sustantivos comunes en cuanto al género, denominación con la que aludimos a aquellos nombres en que los morfemas femenino y masculino no alternan, sino que se impone una forma única y el sexo del referente queda precisado por los determinantes próximos: el / la modelo, el / la tenista, el / la atleta, el / la suicida, el / la hortera… Se infiere de esta lista, breve pero representativa de la totalidad, que el número de sustantivos comunes en cuanto al género terminados en -a supera y multiplica a los que acaban en -o. Un hombre ofendido por semejante circunstancia podría presentar este rasgo lingüístico para cuestionar el presunto machismo del idioma español, pues aquí «queda invisibilizado» —de acuerdo con la expresión recurrente de muchos alegatos feministas— tanto el burócrata como el aristócrata, desde el periodista hasta el novelista. No en vano, así como se ha discriminado a la mujer impidiéndole el acceso al trabajo no doméstico, también se ha discriminado históricamente al hombre empujándolo a un mundo laboral desabrido, muchas veces enojoso y endurecedor, según ha podido comprobar la mujer desde su incorporación a él. Ese hombre podría, pues, cifrar su sensibilidad y capacidad creativa en ese morfema de género supuestamente escamoteado: ya que nosotros no experimentamos el embarazo, ya que hemos de ser fuertes y no dejar escapar una lágrima así nos arranquen una muela sin anestesia o nos canten un réquiem para celebrar el cumpleaños, ¿qué menos que enorgullecernos de nuestras profesiones artísticas, tan conectadas con las emociones, y proclamarnos *novelistos o *violinistos?, ¿qué prodigios corporales nos encumbran aparte de los malabarismos y proezas que ejecutamos como *futbolistos o *ciclistos?

Podría ser. Los hombres podríamos tratar de conquistar nuestra sensibilidad arañándole al léxico una vocal, ese morfema de género que diferencia el sexo en los seres animados. Pero también podría argumentarse que no hay tal discriminación lingüística —en este punto al menos—, sino que simplemente nuestro idioma dispone de sufijos variables (-ero / -era, -logo / -loga) e invariables. De entre estos últimos, muchísimos terminan en -a, como -ista, -atra y -nauta (el / la taxista, el / la pediatra, el / la internauta); menos acaban en -o, como -ismo o -dromo (laísmo, hipódromo); y, en menor número aún, los hay que finalizan con una consonante, como -itis (apendicitis). Por mi parte, yo prefiero que ese tesoro y cultivo de afectividad masculina provenga del sentir diario, de habituarme a respirar mis alegrías y tristezas, de asumir mis entusiasmos, congojas e impaciencias; de detenerme a mirarme y también de aprender a soltar y a dejar de analizarme para simplemente ser y reposar en la ternura y el miedo y el aburrimiento y el orgullo y la envidia y todo cuanto de humano surja y descubra dentro de mí. Al César lo que es del César y a la lengua sus sufijos.

Nada más de momento. En la siguiente entrada, abonado ya el terreno para discernir con criterios lingüísticos —no emocionales—, nos adentraremos por fin en los sustantivos comunes en cuanto al género terminados en ­-e o en consonante: ¿la presidente y la juez?, ¿o mejor la presidenta y la jueza?

La presidenta, la jueza y la miembra (I)

Mucho se ha hablado —y seguirá debatiéndose a buen seguro— sobre el desdoblamiento de los sustantivos que designan profesiones y cargos. Algo tan natural como distinguir entre bibliotecarios, panaderos o secretarios, por un lado, y bibliotecarias, panaderas o secretarias, por otro, se presta sin embargo a discusiones acaloradas cuando —por proponer dos de los casos más controvertidos— la actividad desempeñada es la de juez o el cargo que se ocupa corresponde al de presidente. ¿Existen formas femeninas específicas para nombrar a las mujeres que desarrollan tales funciones? De no ser así, ¿deben crearse?, ¿con qué fin?

En este sentido, si se persigue el consenso de la comunidad de usuarios del idioma, toda conclusión habrá de quedar respaldada por argumentos coherentes. En concreto, esta coherencia puede apoyarse en referentes externos o internos al sistema lingüístico: así pues, hablaremos de coherencia externa cuando el argumento apunte a que el idioma español debe reflejar nuestra cambiante sociedad moderna; mientras que por coherencia interna entenderemos aquellas razones puramente gramaticales, como la capacidad de los sustantivos de presentar morfemas de género o número.

Centrándonos primero en la coherencia externa, difícilmente extrañará que la palabra abogado aparezca en el Diccionario académico de 1925 solo en su variante masculina, mientras que la forma femenina permanece sin agregar hasta la edición de 1992: sin duda, el número de mujeres que ejercen la abogacía en la actualidad ha aumentado de tal forma durante el último siglo que la inclusión de abogada es tan lógica ahora como décadas atrás innecesaria. Nuevos tiempos siembran palabras nuevas.

Y por si acaso resulta pertinente la aclaración, para quien considere que existir sí que existían algunas mujeres abogadas en 1925 y que en tal medida la forma femenina debería haber figurado ya entonces, cabe recordar que la Academia consagra aquellos términos bien asentados entre los hablantes, de uso extendido y con tradición demostrable. Ello explica, cambiando de ámbito momentáneamente, que el término SMS no se encuentre en la edición de 2001, cuando la telefonía móvil aún estaba despuntando, pero sí se incorpore en el avance de la vigésima tercera edición —disponible en línea—, una vez que se han extendido y generalizado tanto el intercambio de tales mensajes como la escritura de la sigla. Tal desfase temporal no manifiesta en realidad sino la prudencia de una institución que busca garantías antes de bendecir modismos fugaces y perecederos, voces de paso como el fistro de Chiquito de la Calzada, ubicuo a mediados de los noventa y comprensiblemente abandonado tras su apogeo chistoso o bufonesco finisecular.

De acuerdo con el mismo patrón de desdoblamiento en abogado y abogada, cabe reunir, en fin, a todas las arquitectas, ingenieras, médicas, notarias y demás mujeres que en la actualidad honran dichas profesiones. Y además en legión. Sorprende en este punto, en cualquier caso, la desigual acogida de estas formas femeninas, a menudo por parte de las propias mujeres: por ejemplo, así como la palabra ingeniera se recoge ya en el Diccionario de 1992 para nombrar a la mujer que profesa la ingeniería, el término notaria continuaba a la sazón denominando únicamente a la esposa del notario; de hecho, no adquirió rango autónomo como funcionaria y fedataria legal hasta la edición de 2001, y aun hoy muchas notarias prefieren denominarse mediante la forma masculina. Del mismo modo, incluso hoy se observan reticencias hacia la variante médica, que en diversas zonas geográficas prevalece en su forma masculina, precisado el referente por el determinante que antecede al sustantivo: el / la médico, muchos / muchas médicos.

Se trata, como se desprende de todo lo antedicho, de un proceso adaptativo de ida y vuelta entre lengua y sociedad, de su desarrollo y adecuación simbiótica naturales. Nada más, por tanto, que añadir respecto a la coherencia externa. Confío en que de momento no habrá voces disonantes. Aunque no canto victoria: o mucho me equivoco o esta era la parte sencilla de la exposición. Veremos.

Dignidad y confianza

(Aunque considero que su argumento es lo de menos, esta entrada adelanta parte del desenlace de Los restos del día).

Esta semana he leído Los restos del día. Escrita por Kazuo Ishiguro con una delicadeza exquisita, no es de extrañar que la novela inspirase a James Ivory para dirigir una película cuatro años después, estrenada en España como Lo que queda del día en 1993. Este matiz en la traducción (el título original es The Remains of the Day tanto para la obra en prosa como en la adaptación cinematográfica) resulta de por sí revelador. No en vano, basta detenerse unos segundos para comprender que una elección u otra implica una mirada casi opuesta respecto a esas horas crepusculares. En efecto, el título de la novela proyecta una interpretación amarga y da a entender que el protagonista tiene ante sí nada más que los restos de su vida, tiempo sobrante como huesos de pollo sin mascota, horas —en fin— sin más destino que la basura; la segunda opción, por el contrario, abre una rendija de optimismo: aún queda día, hay esperanza —parece sugerirnos—, no todo ha terminado.

¿Qué traducción refleja con más fidelidad el espíritu de la novela? En mi opinión, es evidente que Stevens, su protagonista, no ve con buenos ojos el balance de su trayectoria vital ni es —expresado con llaneza— la alegría de la huerta. Y ello a pesar de sus esfuerzos por desarrollar un mínimo sentido del humor sin más fin, de nuevo, que el de complacer a su patrón y, habiendo adquirido otra herramienta útil para su trabajo, ser capaz de responder a las bromas de mister Farraday. Lo cual no impide que estemos ante un personaje complejo, tan atractivo como humano, capaz de refrenar sus sentimientos hacia el ama de llaves, miss Kenton, de los que ni siquiera parece tomar conciencia hasta las últimas páginas. Durante toda la novela, Stevens se entrega a un ejercicio de introspección, obsesionado con precisar su concepto de dignidad. Tal es, en efecto, la pregunta que una y otra vez se expone y olvida, se retoma y abandona para volver a ser desarrollada, relegada y de nuevo perfilada. Stevens no descansa. Ya sea haciéndose eco de las opiniones de otros personajes, ya mediante un ejercicio de reflexión y recuerdo, indaga sin cesar en busca de la esencia que pueda permitir caracterizar como digno a un mayordomo.

¿Cuáles son sus aproximaciones?, ¿es la dignidad un don de la naturaleza?, ¿puede uno afanarse en conseguirla? A este respecto, podemos leer: «Y permítanme manifestar lo siguiente: la dignidad de un mayordomo está profundamente relacionada con su capacidad de ser fiel a la profesión que representa. El mayordomo mediocre, ante la menor provocación, antepondrá su persona a la profesión. Para estos individuos ser mayordomos es como interpretar un papel». Dignidad, por tanto, entendida como lealtad a la profesión, la cual abandera con orgullo anteponiéndola a cualquier consideración personal, hasta el extremo de atender antes a un invitado de mister Farraday que a su propio padre moribundo. Por extensión, podríamos afirmar que la dignidad no ya de un profesional, sino de una persona consiste en desarrollar coherencia: en ejercitar tal cualidad mediante ensayos de repetición y fortalecimiento, como si de un músculo se tratase; y en ejercerla progresivamente, llevándola a la práctica e integrándola en el día a día como modo de ser, estar y actuar en la vida.

La dignidad, así concebida, no es un rasgo que puedan arrebatarnos, pero sí podemos perderlo si nos traicionamos; nadie nace con dignidad, pero en manos de cualquiera está el hacerse merecedor de tal distinción. Sin duda, ante un bebé o un niño pequeño, que ni siquiera ha asentado aún un sentido de identidad y se percibe como ser-en-el-mundo —mundo único integrado—, no como el adulto ser-separado-del-mundo —mundo múltiple y fragmentado—, ante una criatura de tan corta edad no cabe hablar todavía de su dignidad: «¡Qué ricura!, ¡qué inocente!, ¡qué frágil!, ¡qué preciosidad!», todo ello brotará naturalmente desde nuestros corazones hasta asomar a los labios y hacerse palabra y caricia hablada; mientras que, si al visitar a una parturienta, alguien ponderare a su criatura exclamando «¡qué bebé más digno!», a fe que la madre protectora mostraría su mejor juicio alejando al niño de semejante orate. En el otro extremo del arco de la vida —y entonces el vivir queda simbolizado por la cuerda en tensión que cose nuestra biografía; y entonces la flecha que apunta es arma portadora de sentido vital y de muerte a todos destinada—, un anciano que soporta dolores abdominales y se disculpa por quejarse «mucho» y, camino del baño, mientras avanza con sus muletas tan torpes, «suelta aire» en presencia nuestra, este anciano de ochenta y ocho años muestra la dignidad de quien, asumiendo lo escatológico como una obra de factura íntima, preferiría ahorrar a su invitado ese incordio más o menos sonoro o pestilente, pero siempre ridículo en comparación con los cólicos que él sufre.

Por otra parte, si la dignidad implica coherencia, la coherencia exige autoexamen, virtud de observación propia: el requisito mínimo es tomar conciencia no digo de quién soy —cuestión que nos adentraría en metafísicas resbaladizas fascinantes—, pero sí de cómo soy, cuáles son mis valores, de qué madera es mi carácter forjado y en qué situaciones me rindo a mi temperamento original; cómo triunfo y flaqueo, cómo me premio y castigo y me perdono; qué vida más buena o más terrible me voy dando. Primero eso. En el caso de Stevens, como ha quedado dicho, la coherencia pasa por ser fiel a la profesión de mayordomo, la cual ha elegido honrar.

(A modo de paréntesis, quizá sea oportuno precisar, de acuerdo con Sonja Lyubomirsky —yo al menos descubrí esta categorización en su libro sobre La ciencia de la felicidad—, que podemos entender nuestro quehacer laboral de tres maneras: como un trabajo, da igual cuál, pues lo único importante es el dinero percibido a cambio; como una carrera, en cuyo caso ese puesto es un peldaño de una escalera que apunta a otros fines, digamos el prestigio o la fama o el poder; o como una vocación, circunstancia afortunada en que la labor en sí resulta satisfactoria más allá de compensaciones secundarias. Desde esta perspectiva, siendo Stevens mayordomo vocacional, se comprende que vea como intérpretes farsantes (¿indignos?) a quienes se limitan a ejercer tal profesión con descuido y por salir del paso. Yo no me atrevo a juzgar de un modo tan riguroso a quien desempeñe un trabajo sin sus cinco sentidos —no siempre soy el trabajador ideal que me gustaría, a veces me reprendo y hasta ahora siempre me he perdonado—; pero sí creo que, cuando he trabajado sin entusiasmo o meticulosidad, no solo el resultado ha sido pobre, sino que yo mismo he quedado empobrecido; mi ética del trabajo se ha resentido porque, a solas y en silencio, sé que, si uno acepta un empleo con unas condiciones dadas, ha de desempeñarlo como mejor sepa aunque tales condiciones sean precarias —por escasez de tiempo o remuneración—, y esto es así porque uno las ha aceptado previamente y porque el trabajo bien hecho, como dicen los mayores, lleva en sí su propia recompensa).

Ahora bien, ¿qué sucede cuando se es mayordomo en periodo de entreguerras y uno acaba dándose cuenta —solo al final de la novela— de que el patrón al que ha servido resulta ser él indigno o, cuando menos, dicho con apenas una pizca más de indulgencia, una marioneta manipulada por los nazis? Tal es la pregunta que tortura a Stevens después de tomar conciencia de que ha entregado su vida a un hombre al que difícilmente podríamos llamar majestuoso. Por supuesto, esta duda puede actualizarse y universalizarse: ¿servimos a alguien o a algo?, ¿sabemos a quién o a qué?, ¿cómo es su corazón bajo las prendas con que viste? Si la evaluación de nuestra dignidad depende de estas respuestas, no cabe duda de que hallar la contestación nos incumbe a todos. Desde luego, Stevens acaba la novela lamentando haberse contentado con confiar en que el amo era noble.

Y eso es lo triste: lo que a mí me produce más tristeza de la novela es que nuestra capacidad de confiar se debilite con cada desengaño sufrido. Sería un mundo gris aquel en el que la confianza terminara enterrada por el recelo. Por eso, porque en pleno octubre agradezco que el cielo esté azul y despejado y entre el sol por la ventana, y pese a los engañadores que en todas partes acechan y embaucan —ya hablaré de GasySolar—, yo prefiero que sigamos arriesgándonos a cultivar la confianza, una confianza renovable según las experiencias compartidas, una confianza vigilada, nunca alerta (¿confianza alerta?), pero confianza en resumidas cuentas. Faltar a eso, comportarme en contra de mi estimación natural de la buena fe de las personas, quebrantaría mi visión del hombre y me dejaría con una humanidad desoladora e indigna.

No me niego a ver. Intento mirar más allá.

Día Internacional de las Personas Mayores

Me informan de que hoy se celebra el Día Internacional de las Personas Mayores. Toda una casualidad, pues precisamente mañana me incorporo a un programa de acompañamiento en domicilio. En este caso, de momento solo sé que C. tiene ochenta y ocho años, vive solo y paga para que duerman en su casa y no estar solo por las noches. A partir de este primer encuentro de mañana martes, me iré formando una idea de cuánta vida hay por detrás de esos casi noventa años. Y de cuánta vida hay por delante.

Como es lógico, a los voluntarios no se nos encomiendan tareas de asistencia profesional: en la mayoría de los casos, carecemos de la formación necesaria, de modo que el mejor servicio que podemos prestar al respecto, si no el único, es avisar a los servicios sociales de que tal anciano vive solo. Solo y, sobre todo, aislado. Todo ello siempre y cuando el anciano solicite recibir esa ayuda y compañía, claro está, circunstancia que ni ha de darse por supuesta ni puede imponérsele a todo trance. De hecho, cuanto más autónoma es la persona mayor, hasta prescindir incluso de «toda ayuda externa», tanto mejor para ella. Si el anciano se siente capacitado para relacionarse por sus propios medios con otras personas que disfrutan jugando a las cartas o simplemente charlando, la figura del voluntario queda felizmente desplazada. Puede que el objetivo inicial sea ofrecer compañía, pero el fin ideal sería crear una red de relaciones sociales que permita a la persona mayor desenvolverse sin voluntarios. Ciertamente, ellos preferirían no necesitarnos.

Respecto a mí, supongo que elijo este programa porque, si la mala salud o un accidente no nos encuentran antes, todos terminaremos siendo mayores: también mi madre, también mis suegros; también Laura, también yo. Con treinta y ocho años recién cumplidos, reconozco en mí tantas facetas como etapas vitales conviven en mi interior: a mi manera, sigo jugando a diario hasta límites que a veces rozan un bendito infantilismo; como en la escuela, continúo con curiosidad por aprender y descubrir; intento equilibrar, además, el deseo de afecto y la necesidad adolescente de afirmarme con espacios de independencia; por supuesto, asumo el trabajo, un trabajo del que disfruto, como parte de mi vida adulta… Y entonces me acuerdo de aquella cita según la cual «ser anciano es tener todas las edades».

Por mucho que pueda asustar, ser anciano no es únicamente la antesala de la muerte, un castigo inclemente (?). Y ya suena tópico y baladí repetir que temer la muerte denota a menudo no aprovechar la vida mientras dura. Lo cual no se soluciona sumando años a la vida, sino, continuando con las frases hechas, sumando vida a los años, cultivando el presente. No, si imagino mi vejez, apuesto a que encerrará todos los años comprendidos hasta haberla alcanzado: no solo mis casi cuarenta años actuales, sino también la madurez y progresiva ancianidad de mis siguientes décadas. ¿No es mucha vida junta para no compartirla?, ¿para invisibilizar a los mayores escondiéndolos o no yendo a su encuentro por miedo a la muerte o a nuestra propia vejez?

No es la primera vez que participo en un programa de acompañamiento similar. Durante un año, visité semanalmente a D., aquejado de alzhéimer. Aunque su discurso se volvía incoherente mes a mes, me gusta pensar que sosteníamos una verdadera conversación, apoyada en los tonos de voz, en las sonrisas, en los ojos agrandados, en cada expresión facial que nos permite comunicarnos más allá de las palabras. De paso, era un modo de dar respiro a su esposa, sufridora y disfrutadora a partes iguales del olvido y la presencia deteriorada de su marido.

Presencia. De eso se trata en definitiva. Creo que todos necesitamos que los demás —siquiera otro, un otro— atestigüen que estamos vivos. Durante muchos años, disponemos de los recursos necesarios para procurarnos la compañía deseada. En algún momento, por desgracia, algunas personas se ven privadas de sus seres queridos y de sus facultades para generarse relaciones sociales. Y van quedándose cada vez más excluidos del mundo, más ajenos a la vida, hasta que dan en sentir que solo les queda aguardar la muerte.

No tiene por qué ser así. Aunque soy el primero que, por vergüenza o temor a parecer entremetido, ha tardado meses en preguntarle al vecino de abajo si quiere mi teléfono por si necesita algo —y a una vecina de mi anterior casa nunca llegué a ofrecérselo—, lo cierto es que, una vez que superé mis reticencias, este vecino mío se ha mostrado agradecido por el gesto. Es increíble que algo sencillamente humano, tan natural no hace mucho tiempo y quizá aún común en zonas rurales, me suponga un quebradero de cabeza…

Me desvío. Digo, en resumen, que celebro este Día Internacional de las Personas Mayores y que deseo que progreso y humanidad vayan de la mano: que las tecnológicas redes sociales ayuden también a que las personas se sientan más cercanas, es decir, más vivas, gracias a los contactos que posibilitan.

¿Sabéis? En mis conversaciones con D., en medio de todo el galimatías de saltos temporales y lapsus lingüísticos y olvidos reiterados, una y otra vez me repetía: «¡Como no me dice nada!». A fuerza de acompañarlo, llegué a entenderlo tal como unos padres descifran el balbuceo de su bebé, ininteligible para otros adultos que no convivan con él. D. se encontraba atascado en el momento en que había pedido la mano de E., a la espera de su respuesta, impaciente, con el corazón en vilo. Eso sucedía durante el año y en el día justos en que sus familiares les organizaron una fiesta sorpresa por su cincuenta aniversario de casados. Puede que no fuese consciente de que E. ya había aceptado su petición y llevaban medio siglo de matrimonio feliz. A pesar de la bruma, en cambio, D. no había olvidado que esa respuesta era vital. Ignoraba su profesión, pero conservaba sus sentimientos. Había que observar su rostro de perplejidad, suma de incomprensión, maravilla y lucidez fugaz, cuando E. le explicaba que llevaban juntos toda la vida.

Desde luego, las personas mayores pueden ser tanto pozo como camino de sabiduría. Y, aunque al salir a pasear avancen despacio, me gusta acompañarlas. Yo soy el voluntario, ellas nos brindan la oportunidad de humanizarnos.