Tarantino entra en la Disney

«Esto es Disney». Preguntado por los insultos en el fútbol español, Simeone afirmó esta semana que el ambiente de nuestros estadios, comparado con el de los argentinos, era poco menos que una ñoñería blandengue, «como ir al teatro —ironizó—. Esto es Disney».

Seducido, pues, por este clima jovial con que el Cholo caracterizaba a nuestro fútbol, me dispuse el domingo a ver el encuentro liguero entre el  Barcelona y el Atlético de Madrid. Sin chaleco antibalas. Sin un triste cinturón negro con que defenderme o repartir mandobles. Totalmente desprevenido, bastaron los prolegómenos para que los comentaristas recordasen unas declaraciones de Mascherano, quien en alusión a su compatriota y compañero de vestuario había tachado a Messi de «asesino, futbolísticamente hablando; sale al campo a coleccionar víctimas». Aunque busqué los dos rombos por todo el televisor, juro que no localicé en la pantalla advertencia alguna que alertase al espectador de la masacre que se avecinaba.

En efecto, no habían transcurrido ni diez minutos cuando Falcao envió un balón al palo, oportunidad que sirvió de inmediato para destacar la dinamita con que contaban ambos cuadros. A mí aquello me acongojó. Por la Disney saltando por los aires, con el ratón Mickey mutilado y el pato Donald tuerto y con traqueotomía. Pero lo cierto es que ver, lo que se dice ver, en rigor yo no veía nitroglicerina por ninguna parte, sino simplemente a veintidós futbolistas que se esforzaban por marcar gol con denuedo, y  ni rastro de artificieros en el campo.

Por si acaso resultaba que me había topado con locutores hiperbólicos, probé a sintonizar la radio. Con mano temblorosa, por miedo a que me explosionara el aparato, moví la rueda del dial hasta hallar una emisora que retransmitía el partido, es decir, el enfrentamiento, qué digo, el «duelo de cañoneros». Cómo no, para no frustrar expectativas, corría el minuto treinta cuando el Tigre consiguió el único gol rojiblanco. Lástima de búnker, el susto que me metieron: si aquello era cantar un gol, no me imagino escuchar a Braveheart alentando a sus hombres en la batalla. Y es que ahí estaba el «instinto letal del colombiano», por fin empezaba «el tiroteo», el equipo del Manzanares se había sublevado y, por si todo esto fuese poco, el santuario azulgrana quedaba profanado. Stephen King escribe historias de amor.

La alegría atlética apenas duró, en cualquier caso, ya que Adriano se encargó de empatar a los cinco minutos. Por lo que he podido leer en las crónicas posteriores, el brasileño «se inventó un misil que reventó la red» o «destrozó la escuadra». Antes, en directo y por la radio, con menos tecnología militar, optaron por una narración igualmente gráfica y enfática: «Es la guerra, gloriosa samba, Adriano abofetea la pelota», ahí es nada, aunque para mí que eso de abofetear se ejecuta a mano abierta y entonces el gol quizá no fue reglamentario.

Posteriormente, cerca del descanso, o «al filo» de este, Busquets marcó el segundo gol no con frialdad, sino «a sangre fría», circunstancia que no dudó en calificarse como «estocada mortal». Asimismo, en vista de que el corpus español anda magro de vocabulario violento, no faltó quien tildó al centrocampista de killer. Y luego Messi, la Pulga, sumó dos goles más al marcador, con los que primero «mató el partido» y luego «liquidó a su inmediato perseguidor». Así están los periódicos de esquelas.

Entiéndaseme: de sobra sé que quien retransmite un partido debe  trasladar toda su emoción a los espectadores o escuchantes, valiéndose a tal fin de recursos como la exageración y el discurso épico. Lo comprendo y lo agradezco incluso. Narrar un partido con frialdad de cirujano sería tan absurdo como operar borracho de aguardiente. Además, aunque los colchoneros se proclamen especialistas de la sinrazón, no es necesario ser atlético para prescindir de la cabeza o, por mejor decir, si ser atlético es un sentimiento, para dejar que el corazón sea el que piense. Pero una cosa es relajar el juicio para generar tensión narrativa y otra es convertir cada oración en un campo de minas.

Por separado, la mayoría de estos giros cumplen su propósito expresivo y hasta resulta loable, por ejemplo, la creatividad con que se aplica el sufijo -azo para inventar términos relacionados con golpes (o actos impuestos por la fuerza): así, por analogía con golpazo, se habla de alcorconazo o tamudazo, igual que en otros ámbitos se escribe tarifazo, decretazo y, recientemente, tasazo. De uno en uno, ningún dulce empalaga. Lo que aturde, como siempre, es la demasía. Si echo la vista atrás, de Romario aseguraban que era un jugador «de dibujos animados». Hoy, por más que lo diga el Cholo, o su dueño actual es Tarantino y ahora Goofy pasea con metralleta, o un fútbol con tanta violencia no puede llamarse Disney. No la Disney de mi infancia.