Dignidad y confianza

(Aunque considero que su argumento es lo de menos, esta entrada adelanta parte del desenlace de Los restos del día).

Esta semana he leído Los restos del día. Escrita por Kazuo Ishiguro con una delicadeza exquisita, no es de extrañar que la novela inspirase a James Ivory para dirigir una película cuatro años después, estrenada en España como Lo que queda del día en 1993. Este matiz en la traducción (el título original es The Remains of the Day tanto para la obra en prosa como en la adaptación cinematográfica) resulta de por sí revelador. No en vano, basta detenerse unos segundos para comprender que una elección u otra implica una mirada casi opuesta respecto a esas horas crepusculares. En efecto, el título de la novela proyecta una interpretación amarga y da a entender que el protagonista tiene ante sí nada más que los restos de su vida, tiempo sobrante como huesos de pollo sin mascota, horas —en fin— sin más destino que la basura; la segunda opción, por el contrario, abre una rendija de optimismo: aún queda día, hay esperanza —parece sugerirnos—, no todo ha terminado.

¿Qué traducción refleja con más fidelidad el espíritu de la novela? En mi opinión, es evidente que Stevens, su protagonista, no ve con buenos ojos el balance de su trayectoria vital ni es —expresado con llaneza— la alegría de la huerta. Y ello a pesar de sus esfuerzos por desarrollar un mínimo sentido del humor sin más fin, de nuevo, que el de complacer a su patrón y, habiendo adquirido otra herramienta útil para su trabajo, ser capaz de responder a las bromas de mister Farraday. Lo cual no impide que estemos ante un personaje complejo, tan atractivo como humano, capaz de refrenar sus sentimientos hacia el ama de llaves, miss Kenton, de los que ni siquiera parece tomar conciencia hasta las últimas páginas. Durante toda la novela, Stevens se entrega a un ejercicio de introspección, obsesionado con precisar su concepto de dignidad. Tal es, en efecto, la pregunta que una y otra vez se expone y olvida, se retoma y abandona para volver a ser desarrollada, relegada y de nuevo perfilada. Stevens no descansa. Ya sea haciéndose eco de las opiniones de otros personajes, ya mediante un ejercicio de reflexión y recuerdo, indaga sin cesar en busca de la esencia que pueda permitir caracterizar como digno a un mayordomo.

¿Cuáles son sus aproximaciones?, ¿es la dignidad un don de la naturaleza?, ¿puede uno afanarse en conseguirla? A este respecto, podemos leer: «Y permítanme manifestar lo siguiente: la dignidad de un mayordomo está profundamente relacionada con su capacidad de ser fiel a la profesión que representa. El mayordomo mediocre, ante la menor provocación, antepondrá su persona a la profesión. Para estos individuos ser mayordomos es como interpretar un papel». Dignidad, por tanto, entendida como lealtad a la profesión, la cual abandera con orgullo anteponiéndola a cualquier consideración personal, hasta el extremo de atender antes a un invitado de mister Farraday que a su propio padre moribundo. Por extensión, podríamos afirmar que la dignidad no ya de un profesional, sino de una persona consiste en desarrollar coherencia: en ejercitar tal cualidad mediante ensayos de repetición y fortalecimiento, como si de un músculo se tratase; y en ejercerla progresivamente, llevándola a la práctica e integrándola en el día a día como modo de ser, estar y actuar en la vida.

La dignidad, así concebida, no es un rasgo que puedan arrebatarnos, pero sí podemos perderlo si nos traicionamos; nadie nace con dignidad, pero en manos de cualquiera está el hacerse merecedor de tal distinción. Sin duda, ante un bebé o un niño pequeño, que ni siquiera ha asentado aún un sentido de identidad y se percibe como ser-en-el-mundo —mundo único integrado—, no como el adulto ser-separado-del-mundo —mundo múltiple y fragmentado—, ante una criatura de tan corta edad no cabe hablar todavía de su dignidad: «¡Qué ricura!, ¡qué inocente!, ¡qué frágil!, ¡qué preciosidad!», todo ello brotará naturalmente desde nuestros corazones hasta asomar a los labios y hacerse palabra y caricia hablada; mientras que, si al visitar a una parturienta, alguien ponderare a su criatura exclamando «¡qué bebé más digno!», a fe que la madre protectora mostraría su mejor juicio alejando al niño de semejante orate. En el otro extremo del arco de la vida —y entonces el vivir queda simbolizado por la cuerda en tensión que cose nuestra biografía; y entonces la flecha que apunta es arma portadora de sentido vital y de muerte a todos destinada—, un anciano que soporta dolores abdominales y se disculpa por quejarse «mucho» y, camino del baño, mientras avanza con sus muletas tan torpes, «suelta aire» en presencia nuestra, este anciano de ochenta y ocho años muestra la dignidad de quien, asumiendo lo escatológico como una obra de factura íntima, preferiría ahorrar a su invitado ese incordio más o menos sonoro o pestilente, pero siempre ridículo en comparación con los cólicos que él sufre.

Por otra parte, si la dignidad implica coherencia, la coherencia exige autoexamen, virtud de observación propia: el requisito mínimo es tomar conciencia no digo de quién soy —cuestión que nos adentraría en metafísicas resbaladizas fascinantes—, pero sí de cómo soy, cuáles son mis valores, de qué madera es mi carácter forjado y en qué situaciones me rindo a mi temperamento original; cómo triunfo y flaqueo, cómo me premio y castigo y me perdono; qué vida más buena o más terrible me voy dando. Primero eso. En el caso de Stevens, como ha quedado dicho, la coherencia pasa por ser fiel a la profesión de mayordomo, la cual ha elegido honrar.

(A modo de paréntesis, quizá sea oportuno precisar, de acuerdo con Sonja Lyubomirsky —yo al menos descubrí esta categorización en su libro sobre La ciencia de la felicidad—, que podemos entender nuestro quehacer laboral de tres maneras: como un trabajo, da igual cuál, pues lo único importante es el dinero percibido a cambio; como una carrera, en cuyo caso ese puesto es un peldaño de una escalera que apunta a otros fines, digamos el prestigio o la fama o el poder; o como una vocación, circunstancia afortunada en que la labor en sí resulta satisfactoria más allá de compensaciones secundarias. Desde esta perspectiva, siendo Stevens mayordomo vocacional, se comprende que vea como intérpretes farsantes (¿indignos?) a quienes se limitan a ejercer tal profesión con descuido y por salir del paso. Yo no me atrevo a juzgar de un modo tan riguroso a quien desempeñe un trabajo sin sus cinco sentidos —no siempre soy el trabajador ideal que me gustaría, a veces me reprendo y hasta ahora siempre me he perdonado—; pero sí creo que, cuando he trabajado sin entusiasmo o meticulosidad, no solo el resultado ha sido pobre, sino que yo mismo he quedado empobrecido; mi ética del trabajo se ha resentido porque, a solas y en silencio, sé que, si uno acepta un empleo con unas condiciones dadas, ha de desempeñarlo como mejor sepa aunque tales condiciones sean precarias —por escasez de tiempo o remuneración—, y esto es así porque uno las ha aceptado previamente y porque el trabajo bien hecho, como dicen los mayores, lleva en sí su propia recompensa).

Ahora bien, ¿qué sucede cuando se es mayordomo en periodo de entreguerras y uno acaba dándose cuenta —solo al final de la novela— de que el patrón al que ha servido resulta ser él indigno o, cuando menos, dicho con apenas una pizca más de indulgencia, una marioneta manipulada por los nazis? Tal es la pregunta que tortura a Stevens después de tomar conciencia de que ha entregado su vida a un hombre al que difícilmente podríamos llamar majestuoso. Por supuesto, esta duda puede actualizarse y universalizarse: ¿servimos a alguien o a algo?, ¿sabemos a quién o a qué?, ¿cómo es su corazón bajo las prendas con que viste? Si la evaluación de nuestra dignidad depende de estas respuestas, no cabe duda de que hallar la contestación nos incumbe a todos. Desde luego, Stevens acaba la novela lamentando haberse contentado con confiar en que el amo era noble.

Y eso es lo triste: lo que a mí me produce más tristeza de la novela es que nuestra capacidad de confiar se debilite con cada desengaño sufrido. Sería un mundo gris aquel en el que la confianza terminara enterrada por el recelo. Por eso, porque en pleno octubre agradezco que el cielo esté azul y despejado y entre el sol por la ventana, y pese a los engañadores que en todas partes acechan y embaucan —ya hablaré de GasySolar—, yo prefiero que sigamos arriesgándonos a cultivar la confianza, una confianza renovable según las experiencias compartidas, una confianza vigilada, nunca alerta (¿confianza alerta?), pero confianza en resumidas cuentas. Faltar a eso, comportarme en contra de mi estimación natural de la buena fe de las personas, quebrantaría mi visión del hombre y me dejaría con una humanidad desoladora e indigna.

No me niego a ver. Intento mirar más allá.