Tarantino entra en la Disney

«Esto es Disney». Preguntado por los insultos en el fútbol español, Simeone afirmó esta semana que el ambiente de nuestros estadios, comparado con el de los argentinos, era poco menos que una ñoñería blandengue, «como ir al teatro —ironizó—. Esto es Disney».

Seducido, pues, por este clima jovial con que el Cholo caracterizaba a nuestro fútbol, me dispuse el domingo a ver el encuentro liguero entre el  Barcelona y el Atlético de Madrid. Sin chaleco antibalas. Sin un triste cinturón negro con que defenderme o repartir mandobles. Totalmente desprevenido, bastaron los prolegómenos para que los comentaristas recordasen unas declaraciones de Mascherano, quien en alusión a su compatriota y compañero de vestuario había tachado a Messi de «asesino, futbolísticamente hablando; sale al campo a coleccionar víctimas». Aunque busqué los dos rombos por todo el televisor, juro que no localicé en la pantalla advertencia alguna que alertase al espectador de la masacre que se avecinaba.

En efecto, no habían transcurrido ni diez minutos cuando Falcao envió un balón al palo, oportunidad que sirvió de inmediato para destacar la dinamita con que contaban ambos cuadros. A mí aquello me acongojó. Por la Disney saltando por los aires, con el ratón Mickey mutilado y el pato Donald tuerto y con traqueotomía. Pero lo cierto es que ver, lo que se dice ver, en rigor yo no veía nitroglicerina por ninguna parte, sino simplemente a veintidós futbolistas que se esforzaban por marcar gol con denuedo, y  ni rastro de artificieros en el campo.

Por si acaso resultaba que me había topado con locutores hiperbólicos, probé a sintonizar la radio. Con mano temblorosa, por miedo a que me explosionara el aparato, moví la rueda del dial hasta hallar una emisora que retransmitía el partido, es decir, el enfrentamiento, qué digo, el «duelo de cañoneros». Cómo no, para no frustrar expectativas, corría el minuto treinta cuando el Tigre consiguió el único gol rojiblanco. Lástima de búnker, el susto que me metieron: si aquello era cantar un gol, no me imagino escuchar a Braveheart alentando a sus hombres en la batalla. Y es que ahí estaba el «instinto letal del colombiano», por fin empezaba «el tiroteo», el equipo del Manzanares se había sublevado y, por si todo esto fuese poco, el santuario azulgrana quedaba profanado. Stephen King escribe historias de amor.

La alegría atlética apenas duró, en cualquier caso, ya que Adriano se encargó de empatar a los cinco minutos. Por lo que he podido leer en las crónicas posteriores, el brasileño «se inventó un misil que reventó la red» o «destrozó la escuadra». Antes, en directo y por la radio, con menos tecnología militar, optaron por una narración igualmente gráfica y enfática: «Es la guerra, gloriosa samba, Adriano abofetea la pelota», ahí es nada, aunque para mí que eso de abofetear se ejecuta a mano abierta y entonces el gol quizá no fue reglamentario.

Posteriormente, cerca del descanso, o «al filo» de este, Busquets marcó el segundo gol no con frialdad, sino «a sangre fría», circunstancia que no dudó en calificarse como «estocada mortal». Asimismo, en vista de que el corpus español anda magro de vocabulario violento, no faltó quien tildó al centrocampista de killer. Y luego Messi, la Pulga, sumó dos goles más al marcador, con los que primero «mató el partido» y luego «liquidó a su inmediato perseguidor». Así están los periódicos de esquelas.

Entiéndaseme: de sobra sé que quien retransmite un partido debe  trasladar toda su emoción a los espectadores o escuchantes, valiéndose a tal fin de recursos como la exageración y el discurso épico. Lo comprendo y lo agradezco incluso. Narrar un partido con frialdad de cirujano sería tan absurdo como operar borracho de aguardiente. Además, aunque los colchoneros se proclamen especialistas de la sinrazón, no es necesario ser atlético para prescindir de la cabeza o, por mejor decir, si ser atlético es un sentimiento, para dejar que el corazón sea el que piense. Pero una cosa es relajar el juicio para generar tensión narrativa y otra es convertir cada oración en un campo de minas.

Por separado, la mayoría de estos giros cumplen su propósito expresivo y hasta resulta loable, por ejemplo, la creatividad con que se aplica el sufijo -azo para inventar términos relacionados con golpes (o actos impuestos por la fuerza): así, por analogía con golpazo, se habla de alcorconazo o tamudazo, igual que en otros ámbitos se escribe tarifazo, decretazo y, recientemente, tasazo. De uno en uno, ningún dulce empalaga. Lo que aturde, como siempre, es la demasía. Si echo la vista atrás, de Romario aseguraban que era un jugador «de dibujos animados». Hoy, por más que lo diga el Cholo, o su dueño actual es Tarantino y ahora Goofy pasea con metralleta, o un fútbol con tanta violencia no puede llamarse Disney. No la Disney de mi infancia.

La presidenta, la jueza y la miembra (V)

Solo falta, pues, para terminar de desarrollar el título de esta serie de anotaciones en torno al género, que metamos mano al miembro sin rubor. Según parece, este vapuleado sustantivo causa repeluco atroz entre los partidarios de la corrección política, y ello hasta el punto de pretender transformarlo, cuando a mujeres alude, en tosca y tremebunda miembra, carente de cualquier pulimento, por no decir de piedad lingüística.

Sin duda, los lectores conocen que la palabra miembro puede emplearse como eufemismo de cierto órgano masculino encargado de dar respiro al cerebro en labores pensantes. No obstante, bastará que la mollera asuma el mando para discernir que existen acepciones de este término anejas a la mujer. ¿No es baladí precisar que un miembro se define asimismo como ‘individuo que forma parte de un conjunto o comunidad’, verbigracia, una ministra o militante de un partido político? Es justo en este sentido correligionario en el que se me antoja una petardez ese tic enojoso de ir hablando de miembros y miembras alegremente, como si la gramática hubiese sido concebida con el supremo anhelo de ofrecerse cual melón a pateadores de rugbi.

Lo diré: existe un tipo de sustantivos llamados epicenos con los que nos referimos tanto a hombres como a mujeres, sin que este dato —a diferencia de lo que sucede con los comunes en cuanto al género— quede concretado por el artículo precedente, que permanece invariable. En efecto, decimos siempre la persona, el personaje o la víctima, con independencia de que la persona se llame María José o José María, de que el personaje sea femenino o masculino, y de que la criatura sea chica o chico. Y tan ricamente hemos sobrevivido así durante décadas. No se nos ocurre, desde luego, tras despertarnos una mañana con bríos innovadores, agarrar un micrófono con la autoridad lingüística de quien podría estar blandiendo un Calippo y anunciar a través de sus ondas de lima limón la Verdad revelada, la Buena Nueva de que José María ha de ser en adelante un persono, don Quijote un personajo, una personaja la Ofelia shakespeariana, y qué decir del niño sufriente, doblemente un víctimo. No, cuando nos despertamos revolucionarios, acometemos como todo hijo de vecino la enjundiosa empresa de intercambiar de sitio el sofá y el televisor del salón; pero dejamos tranquilos los sustantivos, criaturitos ellos (?), que no tienen ninguna culpa de nuestras subidas de azúcar.

Todo esto, como podrá adivinarse, para informar de que miembro ha pertenecido tradicionalmente a este grupo de sustantivos epicenos, razón por la que espanta y estremece al oído sano el ingenio igualitario de las miembras. Aun a riesgo de merendarme mi vaticinio en tiempos venideros, estoy convencido de que tal perla idiomática no fracasará porque la Real Academia Española se oponga a su uso, sino que sucumbirá porque no hay cera suficiente en la oreja más taponada y guarra que pueda proteger el tímpano de esta barbarie. Si las colmenas tuvieran oídos, desearían ensordecer ante semejante aguijonazo.

Por otra parte, esto es verdad, sí parece que empieza a hacer fortuna el uso de este sustantivo como común en cuanto al género: el miembro / la miembro. La Nueva gramática de la lengua española así lo refleja en sus páginas. Pero no adelantemos acontecimientos. Este proceso de ir asentándose o descartándose novedades, en fin, constituirá la sustancia y médula de la entrada próxima de conclusiones.

La presidenta, la jueza y la miembra (IV)

Recorrido este camino, nadie debería rasgarse las vestiduras si subrayamos ahora la superfluidad de la voz jueza. Y lo concedo: de sobra sé que semejante innovación se halla extendida y asentada hasta en el uso culto. Pero no por ello la ‘mujer con potestad para sentenciar’ queda menos corneada por esa -a de asta arremetiendo contra el buen juicio, pegote impertinente cual empaste en muela no cariada, un adefesio. En efecto, insistir en la voz jueza no es sino propugnar una forzada variante femenina de lo que en rigor no tendría por qué dejar de ser más que otro sustantivo común en cuanto al género: el juez / la juez. Así de simple. Y así de controvertido (!).

De todas formas, por si acaso, quizá no resulte ocioso introducir dos conceptos nuevos: se llaman morfemas trabados (o ligados) aquellos que dependen de una raíz léxica, como la -a en niñ-a o la -o en ancian-o; mientras que las palabras que no pueden dividirse —sol, luz, mar, veloz, papel o pero, entre muchas otras— se denominan morfemas libres. Tal es el caso de juez, que solo podrá descomponerse si su graciosa señoría se atraca y atiborra de tantísima -a indigesta: ¿será jueza femenino de juez como del hombre tenaz lo sería una mujer tenaza?, ¿hasta dónde esta obstinación por desdoblar lo que no encierra dobleces?

Con todo, por si alguien no se da aún por convencido, bastará con recurrir de nuevo a la erudición iluminadora de Valentín García Yebra: «La inmensa mayoría de las palabras agudas que terminan en -ez son femeninas —nos aclara—: todas las terminadas en -dez, que casi llegan a cien […], y las acabadas en ­-tez (pasan de dos docenas). La más próxima a juez por la forma es nuez, que solo tiene distinta la primera letra».

Esta mayoría abrumadora de palabras femeninas entre los sustantivos agudos así acabados tiene visos de perpetuarse, además, pues tal es el género que impone el sufijo -ez al añadirse a bases adjetivales: tímido>timidez, viejo>vejez, brillante>brillantez, delgado>delgadez… De lo cual no se desprende que sufijo tan productivo en español sea sexista y contrario a los hombres, pero sí al menos que tampoco discrimina a las mujeres. ¿Cómo justificar,  en definitiva, atendiendo exclusivamente a razonamientos lingüísticos, la presencia de esa -a tan redundante en jueza?, ¿no correremos el riesgo de que una persona con ganas de pitorreo, por amor de una coherencia extrema, haga de tanto femenino diana de sus guasas y termine tomándonos, con perdón, por la coña de la Bernarda?

La presidenta, la jueza y la miembra (III)

Examinemos, pues, la configuración interna de los sustantivos comunes en cuanto al género terminados en -nte, como el cantante / la cantante, el creyente / la creyente o el residente / la residente. En este sentido, lo primero que merece nuestra atención es el hecho palmario de que todas estas palabras presentan como base un verbo. Dicho verbo pertenecerá mayoritariamente a la primera conjugación (cantar, amar, votar), pero también puede corresponder a la segunda (creer) o a la tercera (residir). A partir de aquí, del mismo modo que, si al tema verbal le añadimos el morfema -ré, obtenemos los futuros simples cantaré, amaré, votaré, creeré y residiré, de igual manera, si agregamos la terminación -nte, formaremos cantante, amante, votante, creyente y residente.

Pues bien: es con esta terminación -nte con la que el latín formaba el llamado participio presente, valor verbal obsoleto en la actualidad. En efecto, a diferencia de lo que sucede con el productivo morfema de futuro -ré, que nos permite conjugar sin sobresaltos Yo cantaré / Yo creeré / Yo residiré, hoy no se consideran gramaticales originalidades como *Yo cantante / *Yo creyente / *Yo residente,  más bien propias de infacundos imitadores de Tarzán. No siempre fue así. Tal como señala Leonardo Gómez Torrego en su Nuevo manual de español correcto, todavía es posible apreciar un vestigio de esta forma verbal en la locución Dios mediante, sinónima de Si Dios media o intercede (si le peta).

Estas formas, en síntesis, han visto desplazada su categoría gramatical hasta acabar convirtiéndose en adjetivos o sustantivos: no en vano, decimos, por ejemplo, Llevar la voz cantante, Considerarse una persona muy creyente o Las familias residentes en este distrito, con usos adjetivales, por un lado; y también Ser un cantante profesional, Quedar cada vez menos creyentes en una parroquia y Los residentes de este distrito, con usos nominales, por otro.

Ahora bien, ya se empleen como adjetivos o sustantivos, queda claro que todas estas palabras cuentan con un origen verbal. Y resulta pintiparado recordar en este punto que los verbos presentan morfemas de persona, número, tiempo, modo y aspecto…, pero no de género. Con otras palabras: las formas verbales no son masculinas ni femeninas. De ahí que escape de toda lógica lingüística considerar que cantante, creyente o residente sean palabras de género masculino e instar, a fin de evitar presuntas discriminaciones, a la creación de formas privativas del género femenino: *cantanta, *creyenta o *residenta. Y quien dice *residenta dice también, claro está, su casi gemela *presidenta.

No solo eso: una reivindicación tal, para ser al menos coherente, debería demandar que ese morfema de género femenino se hiciese ley extensiva a todos los sustantivos y adjetivos terminados en -nte. Sería forzoso, en consecuencia, hablar de *acertantas, *adolescentas, *concursantas, *contrincantas, *indigentas, *lactantas, *remitentas, *simpatizantas, *videntas… y, por supuesto, según tomaran o abandonaran el cargo, no habría mayor acierto que el de saludar con honores y loas a las *presidentas entrantas y salientas. Existen excepciones, de acuerdo. Cierto es que algunas voces dudosas se han asentado entre los hispanohablantes, como clienta, comedianta o lianta. Pero, si nos fiamos del análisis de Valentín García Yebra —y a falta de otras consideraciones que reservo para la entrada con las conclusiones—, la lista de palabras que se nos antojan chocantes (¿o chocantas?) excede sobremanera al parco repertorio de sustantivos o adjetivos que, engendrados como participios de presente, admiten el morfema -a.

Queda razonado, en definitiva, por qué contribuye a la unidad idiomática preferir el presidente / la presidente, como sustantivo común en cuanto al género —y exento de todo machismo—, antes que exigir la anómala variante femenina presidenta.

La presidenta, la jueza y la miembra (II)

Llegamos entonces a la cuestión, más peliaguda o espinosa, de la coherencia interna. Desde este punto de vista, huelga señalar que la inmensa mayoría de los sustantivos que terminan en -o pertenecen al género masculino (sombrero, río), del mismo modo que la generalidad de los sustantivos acabados en -a se relacionan con el género femenino: palmera, avenida. Siendo el lenguaje un sistema complejo, no obstante, el idioma español cuenta con un surtido imaginable de excepciones: desde la mano y los escasos acortamientos femeninos, como la moto, la foto y la quimio (apócopes en realidad de motocicleta, fotografía y quimioterapia), hasta una porción más nutrida —entre otras «irregularidades»; por ejemplo, el día— de nombres masculinos terminados en -ma: el pijama, el problema o el teorema. Conforme. Pero, admitido esto, en principio y en conjunto podemos afirmar sin sudores álgidos que las desinencias -o y -a se vinculan respectivamente con el género masculino y femenino. No solo eso: en el caso particular de los sustantivos que designan seres animados, de acuerdo con la Nueva gramática de la lengua española y ediciones anteriores, «el género sirve para diferenciar el sexo del referente», hombre o mujer, hembra o macho, frutero o peluquera.

Este paradigma afecta, por tanto, a los sustantivos que designan profesiones y cargos, motivo por el cual abrazamos sin reparos el par el camarero / la camarera. Ni siquiera necesitamos tomar conciencia de engranaje gramatical alguno para darle nuestro visto bueno, pues su forma «nos suena», igual que un rostro familiar al que enseguida nos confiamos. Crear *camareri nos desconcertaría y pondría en guardia de inmediato, pero camarero y camarera no requieren de presentaciones, por así decirlo. Entonces, retomando el caso de las ingenieras, las médicas y las notarias, el instinto idiomático sugiere espontáneamente estas formas femeninas. Que haya sectores que se inclinen por la ingeniero, la médico y la notario obedece a causas de interpretación incierta: ¿se debe a un sentimiento de inferioridad femenina, según el cual la ingeniero, la médico y la notario parecen insuflar más categoría o mejor quehacer profesional?, ¿o quizá es un efecto de malentender la «igualdad» anhelada entre mujeres y hombres?, ¿acaso responde a un saber auténtico que toma como modelo pares como el / la piloto, el / la soldado o el / la soprano?

Examinemos estas tres posibilidades, quizá las más probables, pero con seguridad no las únicas:

  • Si la preferencia por la ingeniero nace de un complejo de inferioridad hacia los hombres, entiendo que lo saludable pasa por dejar de depender del género masculino y, reconociéndose y aceptándose como mujer, identificarse la notaria con la desinencia -a, propia del género y el sexo femeninos. Se conseguirá así que la acepción caduca ‘esposa del notario’ quede completamente desplazada hasta volverse obsoleta.
  • En caso de que la elección de la notario surja de un deseo de igualdad, no revelo ningún secreto si declaro que hombres y mujeres no somos iguales, sino felizmente distintos y complementarios. Más que igualdad, intuyo que toda reivindicación feminista habrá de perseguir una legislación justa y prácticas de equidad, en especial en lo que concierne a su situación laboral o económica, pero también en cuanto a reconocimiento o prestigio artístico, científico, deportivo o de cualquier otra índole. En lo que al sistema lingüístico incumbe, tal parejura quizá podría concretarse en reclamar precisamente que la desinencia femenina -a se yerga en paridad de frecuencia con el morfema masculino -o, en vez de la opción contraria de refugiarse bajo este insignificantemente, agazapada la mujer detrás del morfema -o en la notario.
  • Suponiendo, por fin, que la opción la notario se fundamenta en pares análogos existentes (el / la soprano), valga manifestar que estos casos son harto desacostumbrados. Conque, a fin de salvaguardar la unidad de criterio —tan conveniente en gramática como empobrecedora en las artes—, parece recomendable no tomar como modelo las excepciones, sino los usos regulares.

Sirve este último punto, de cualquier manera, para introducir el concepto de sustantivos comunes en cuanto al género, denominación con la que aludimos a aquellos nombres en que los morfemas femenino y masculino no alternan, sino que se impone una forma única y el sexo del referente queda precisado por los determinantes próximos: el / la modelo, el / la tenista, el / la atleta, el / la suicida, el / la hortera… Se infiere de esta lista, breve pero representativa de la totalidad, que el número de sustantivos comunes en cuanto al género terminados en -a supera y multiplica a los que acaban en -o. Un hombre ofendido por semejante circunstancia podría presentar este rasgo lingüístico para cuestionar el presunto machismo del idioma español, pues aquí «queda invisibilizado» —de acuerdo con la expresión recurrente de muchos alegatos feministas— tanto el burócrata como el aristócrata, desde el periodista hasta el novelista. No en vano, así como se ha discriminado a la mujer impidiéndole el acceso al trabajo no doméstico, también se ha discriminado históricamente al hombre empujándolo a un mundo laboral desabrido, muchas veces enojoso y endurecedor, según ha podido comprobar la mujer desde su incorporación a él. Ese hombre podría, pues, cifrar su sensibilidad y capacidad creativa en ese morfema de género supuestamente escamoteado: ya que nosotros no experimentamos el embarazo, ya que hemos de ser fuertes y no dejar escapar una lágrima así nos arranquen una muela sin anestesia o nos canten un réquiem para celebrar el cumpleaños, ¿qué menos que enorgullecernos de nuestras profesiones artísticas, tan conectadas con las emociones, y proclamarnos *novelistos o *violinistos?, ¿qué prodigios corporales nos encumbran aparte de los malabarismos y proezas que ejecutamos como *futbolistos o *ciclistos?

Podría ser. Los hombres podríamos tratar de conquistar nuestra sensibilidad arañándole al léxico una vocal, ese morfema de género que diferencia el sexo en los seres animados. Pero también podría argumentarse que no hay tal discriminación lingüística —en este punto al menos—, sino que simplemente nuestro idioma dispone de sufijos variables (-ero / -era, -logo / -loga) e invariables. De entre estos últimos, muchísimos terminan en -a, como -ista, -atra y -nauta (el / la taxista, el / la pediatra, el / la internauta); menos acaban en -o, como -ismo o -dromo (laísmo, hipódromo); y, en menor número aún, los hay que finalizan con una consonante, como -itis (apendicitis). Por mi parte, yo prefiero que ese tesoro y cultivo de afectividad masculina provenga del sentir diario, de habituarme a respirar mis alegrías y tristezas, de asumir mis entusiasmos, congojas e impaciencias; de detenerme a mirarme y también de aprender a soltar y a dejar de analizarme para simplemente ser y reposar en la ternura y el miedo y el aburrimiento y el orgullo y la envidia y todo cuanto de humano surja y descubra dentro de mí. Al César lo que es del César y a la lengua sus sufijos.

Nada más de momento. En la siguiente entrada, abonado ya el terreno para discernir con criterios lingüísticos —no emocionales—, nos adentraremos por fin en los sustantivos comunes en cuanto al género terminados en ­-e o en consonante: ¿la presidente y la juez?, ¿o mejor la presidenta y la jueza?

La presidenta, la jueza y la miembra (I)

Mucho se ha hablado —y seguirá debatiéndose a buen seguro— sobre el desdoblamiento de los sustantivos que designan profesiones y cargos. Algo tan natural como distinguir entre bibliotecarios, panaderos o secretarios, por un lado, y bibliotecarias, panaderas o secretarias, por otro, se presta sin embargo a discusiones acaloradas cuando —por proponer dos de los casos más controvertidos— la actividad desempeñada es la de juez o el cargo que se ocupa corresponde al de presidente. ¿Existen formas femeninas específicas para nombrar a las mujeres que desarrollan tales funciones? De no ser así, ¿deben crearse?, ¿con qué fin?

En este sentido, si se persigue el consenso de la comunidad de usuarios del idioma, toda conclusión habrá de quedar respaldada por argumentos coherentes. En concreto, esta coherencia puede apoyarse en referentes externos o internos al sistema lingüístico: así pues, hablaremos de coherencia externa cuando el argumento apunte a que el idioma español debe reflejar nuestra cambiante sociedad moderna; mientras que por coherencia interna entenderemos aquellas razones puramente gramaticales, como la capacidad de los sustantivos de presentar morfemas de género o número.

Centrándonos primero en la coherencia externa, difícilmente extrañará que la palabra abogado aparezca en el Diccionario académico de 1925 solo en su variante masculina, mientras que la forma femenina permanece sin agregar hasta la edición de 1992: sin duda, el número de mujeres que ejercen la abogacía en la actualidad ha aumentado de tal forma durante el último siglo que la inclusión de abogada es tan lógica ahora como décadas atrás innecesaria. Nuevos tiempos siembran palabras nuevas.

Y por si acaso resulta pertinente la aclaración, para quien considere que existir sí que existían algunas mujeres abogadas en 1925 y que en tal medida la forma femenina debería haber figurado ya entonces, cabe recordar que la Academia consagra aquellos términos bien asentados entre los hablantes, de uso extendido y con tradición demostrable. Ello explica, cambiando de ámbito momentáneamente, que el término SMS no se encuentre en la edición de 2001, cuando la telefonía móvil aún estaba despuntando, pero sí se incorpore en el avance de la vigésima tercera edición —disponible en línea—, una vez que se han extendido y generalizado tanto el intercambio de tales mensajes como la escritura de la sigla. Tal desfase temporal no manifiesta en realidad sino la prudencia de una institución que busca garantías antes de bendecir modismos fugaces y perecederos, voces de paso como el fistro de Chiquito de la Calzada, ubicuo a mediados de los noventa y comprensiblemente abandonado tras su apogeo chistoso o bufonesco finisecular.

De acuerdo con el mismo patrón de desdoblamiento en abogado y abogada, cabe reunir, en fin, a todas las arquitectas, ingenieras, médicas, notarias y demás mujeres que en la actualidad honran dichas profesiones. Y además en legión. Sorprende en este punto, en cualquier caso, la desigual acogida de estas formas femeninas, a menudo por parte de las propias mujeres: por ejemplo, así como la palabra ingeniera se recoge ya en el Diccionario de 1992 para nombrar a la mujer que profesa la ingeniería, el término notaria continuaba a la sazón denominando únicamente a la esposa del notario; de hecho, no adquirió rango autónomo como funcionaria y fedataria legal hasta la edición de 2001, y aun hoy muchas notarias prefieren denominarse mediante la forma masculina. Del mismo modo, incluso hoy se observan reticencias hacia la variante médica, que en diversas zonas geográficas prevalece en su forma masculina, precisado el referente por el determinante que antecede al sustantivo: el / la médico, muchos / muchas médicos.

Se trata, como se desprende de todo lo antedicho, de un proceso adaptativo de ida y vuelta entre lengua y sociedad, de su desarrollo y adecuación simbiótica naturales. Nada más, por tanto, que añadir respecto a la coherencia externa. Confío en que de momento no habrá voces disonantes. Aunque no canto victoria: o mucho me equivoco o esta era la parte sencilla de la exposición. Veremos.

Puntuación de las fórmulas de despedida

Así como es habitual cerrar los encabezamientos de cartas o mensajes electrónicos con una coma indebida, pues lo correcto es terminarlos con dos puntos —Estimado señor Tello:, no *Estimado señor Tello,—, del mismo modo es frecuente dudar respecto a la puntuación de las fórmulas de despedida.

En este sentido, la RAE –cito textualmente de un mensaje privado– expone los siguientes criterios:

En la correcta puntuación de las despedidas epistolares se pueden distinguir los siguientes casos:

a) Si la despedida no tiene verbo, termina con una coma. Ejemplos:

Atentamente,

Sonia López

Sin otro particular, un saludo,
Sonia López

Besos,
María

b) Si en la despedida hay uno o varios verbos en primera o segunda persona, termina con punto. Ejemplos:

De antemano, les agradezco su atención.
Sonia López

Reciba un cordial saludo.
Sonia López

c) Si en la despedida hay uno o varios verbos en tercera persona, se pueden dar dos posibilidades:

[c.1)]— Que el sujeto gramatical de ese verbo (o de esos verbos) sea la firma. En este caso no se escribe ningún signo (porque se considera que despedida y firma forman una oración). Ejemplo:

Sin otro particular, le saluda atentamente
Sonia López

[c.2)]— Que el verbo forme parte de una oración con sujeto propio (es decir, que la firma no sea el sujeto del verbo de la despedida). En este caso la despedida se cierra con un punto. Ejemplo:

Dios guarde a usted muchos años.
Sonia López

Reciba un cordial saludo.
__________
Departamento de «Español al día»
Real Academia Española

Cabe oponer la objeción de que, según este criterio, en las opciones a) y c.1) los textos quedan sin punto final. En este sentido, yo tendería a poner punto también en la opción a), pero no se me ocurre cómo introducir el punto final en la opción c.1), a no ser que en este caso la firma deje de considerarse elemento extratextual y se decida poner el punto después de ella.

Sea como sea, ante la duda, quien no se anime a argumentar en contra dispone de este criterio bendecido por la RAE. Lo importante, como de costumbre, es adoptar un criterio y unificar en todos los textos.

Esquizofrenia y lenguaje empresarial

Viktor Frankl, fundador de la logoterapia, expone en Psicoanálisis y existencialismo diversos rasgos propios de la persona que padece esquizofrenia. En concreto, ha llamado mi atención la insistencia con que tales personas afirman vivir con la sensación de ser espiados, de ser observados o ser escuchados, en muchos casos de ser perseguidos. Esta forma de expresarse, recurriendo con reiteración a la voz pasiva, sugiere —siempre según el maestro vienés— que la persona con esquizofrenia deja de considerarse sujeto o agente de su vida para entenderse como un objeto paciente, el receptáculo a través del cual la vida ocurre, discurre o se escurre inasiblemente. En tal medida, en tanto se experimenta a sí mismo como objeto, el esquizofrénico se presenta como un ser despersonalizado.

Por mi parte, también en los documentos empresariales observo un abuso frecuente en el empleo de la voz pasiva. Así, en lugar de optar por Nuestro equipo de Atención al Cliente atendió satisfactoriamente todas sus reclamaciones, es habitual encontrar oraciones como Todas sus reclamaciones fueron atendidas satisfactoriamente. Caben aquí tres consideraciones:

1. El uso de la pasiva es posible, útil y hasta recomendable en determinados contextos, pero no conviene excederse en tal empleo porque la voz activa es más natural en nuestro idioma (oraciones como He was supposed to be there o I was told to do so, por ejemplo, nunca deberían traducirse como *(Él) Era supuesto que estaría allí o *Fui dicho que lo hiciera así). Además, si la pasiva se emplea con acierto cuando se desconoce al sujeto de la acción o este se omite deliberadamente, carece de lógica —salvo quizá para focalizar la atención— emplear esta pasiva perifrástica y luego, como tantas veces sucede, rematar la oración con el sujeto paciente: Todas sus reclamaciones fueron atendidas satisfactoriamente por nuestro equipo de Atención al Cliente. Para ese rodeo, no hacían falta alforjas: ¿por qué no es el equipo de Atención al Cliente el que directamente atiende de manera satisfactoria todas las reclamaciones?

2. Un texto en el que abundan las oraciones pasivas queda en efecto despersonalizado. Pese a que esta despersonalización puede justificarse en ocasiones y con cuentagotas —si se quiere resaltar que la autoría del texto corresponde a una institución o a un cargo más que a una persona física—, será contraproducente cuando lo que una empresa persigue es mostrarse cercana a su cliente. En la oración de ejemplo, además, la gestión de los empleados ha sido satisfactoria: ¿no es una lástima que la empresa desaproveche una oportunidad fantástica para atribuirse un mérito que en rigor le corresponde?

3. Aun en el supuesto de que el cliente que reclama no quede tan satisfecho, emplear la voz activa defiende a la empresa de acusaciones a veces injustas: «Ustedes no han hecho nada». «Pues no, mire usted, señor: nuestro equipo ha atendido sus llamadas, hemos localizado sus maletas, nos hemos puesto en contacto con su esposa…». La voz pasiva, de nuevo, minimiza el esfuerzo realizado por la empresa: Sus llamadas fueron atendidas en todo momento, se localizó su equipaje [pasiva refleja] y su esposa fue avisada para que estuviese en el domicilio de contacto.

Por otra parte, una segunda peculiaridad de las personas que padecen esquizofrenia es su tendencia a expresarse mediante «construcciones sustantivadas, no pocas veces forzadísimas (“comer-ición”, y otras por el estilo)». Pues bien: este patrón se repite asimismo en el lenguaje empresarial. En un protocolo concebido para tramitar el carné de acceso a un gimnasio, leemos que «El carné será confeccionado para su entrega al interesado», donde los autores podrían haber escrito El responsable [del departamento que corresponda] confeccionará el carné y se lo entregará / lo hará llegar al interesado. De nuevo, esta segunda redacción ofrece al menos dos ventajas:

1. Al apoyarnos en formas verbales, la oración adquiere fluidez, en contraste con la sensación estática y pesada de los escritos excesivamente sustantivados.

2. Desaparecen las frecuentes cacofonías producto de las sustantivaciones y la voz pasiva perifrástica (en este caso, la rima no buscada en –ado).

Igualmente, la logoterapia —también conocida como terapia existencial— concibe al ser humano como ser-responsable, esto es, como persona capaz de responder de sus actos en la vida y, sobre todo, ante la vida (al fin y al cabo, se nos dice, no somos nosotros quienes interrogamos por el sentido de la vida, sino que es la propia vida la que constantemente nos plantea a nosotros preguntas a cada paso, y de nuestra habilidad para responder con actos depende que descubramos y realicemos el sentido vital de cada circunstancia específica). Sin embargo, si partimos de que la persona con esquizofrenia no se asume como agente, de que no se reconoce capacidad de actuar, el concepto de responsabilidad o ser-humano-responsable queda diluido. En tales casos, el análisis existencial carece de un punto de apoyo o palanca desde el que ayudar al paciente, ante el cual el logoterapeuta solo puede mostrar su impotencia o adoptar otro enfoque médico, quizá derivarlo a otro especialista.

(En este sentido, los defensores de la Gestalt acostumbran a sus pacientes a que sustituyan sus oraciones impersonales en segunda persona por oraciones en primera persona: en lugar de En cuanto te descuidas, empiezas a correr el horario y acabas acostándote a las mil y monas, el terapeuta recomienda al paciente que parafrasee su afirmación diciendo En cuanto me descuido, empiezo a correr el horario y acabo acostándome a las mil y monas. Y ello, de nuevo, para habituar al paciente a responsabilizarse de su vida. Si el lenguaje refleja la forma de pensar, sentir o percibir la realidad, un discurso impersonal sugiere, por así decirlo, la ausencia de un centro de maniobras a partir del cual reconducirse. Apunta a un vacío. En cambio, en cuanto nos responsabilizamos de nuestras acciones con ese primer paso de hablar en primera persona, no solo asumimos los posibles errores, por dolorosos que resulten, sino que también y ante todo recuperamos el poder para cambiar nuestras acciones y mejorar: soy yo quien me descuido, quien corro el horario y me acuesto tarde; yo también quien puedo disciplinarme, en mi mano está el poder, entre mis dedos las soluciones).

Por fin, si se me permite llevar quizá a un extremo la analogía que vengo desarrollando, en las relaciones que el ciudadano mantiene con muchas empresas —digamos con las suministradoras de electricidad o de servicios de telefonía— a menudo echo en falta la figura de un responsable auténtico. Descorazona no hallar a una persona dispuesta a admitir errores sin ambages. Errores humanos y admisiones definitivas. Reconocimientos que dejen de marear al usuario, en vez de voces que se excusan tras la entelequia de una empresa anónima y despersonalizada, sin rostros concretos reconocibles: «El sistema no lo permite»; «El protocolo así lo estipula»; «Le paso con X, que le pasará con Y, que le pasará con Z, que volverá a pasarle con X, que se llama Kafka…». A falta de personas que respondan terminantemente de las acciones de una empresa, ¿a quién le extrañará experimentar la impotencia del logoterapeuta ante el paciente con esquizofrenia?

Si bien es cierto que el poder en este caso parece caer del lado de la empresa, cada vez más habrá de decantarse en favor del ciudadano. En su Viaje al optimismo, el escritor y científico Eduardo Punset no duda en ensalzar la repercusión de las redes sociales como fuerza de cambio en esta era digital recién estrenada. Las empresas, en síntesis, hacen bien en abrirse a sus clientes para escuchar sus opiniones. Esto sí, siempre y cuando esta polifonía crítica no se desperdicie trocándose en una estrategia para camuflar, confundir o acallar la voz de la responsabilidad propia. De actuar así, a fuerza de desentenderse de su propia conciencia, la empresa podría terminar como el esquizofrénico que, presa de alucinaciones acústicas, toma por extraños y vive pasivamente los diálogos interiores que «en el hombre sano acompañan obligadamente al pensamiento».

La empresa, en definitiva, debe escuchar al ciudadano y contestar activa y responsablemente: lo contrario solo genera discursos en pasiva vacíos y pesados, fríamente impersonales, sin sentido.

Por supuesto, también a mí me concierne consumar mis actos (banda sonora de Psicosis).

Supresión de la tilde en el adverbio solo y en los pronombres demostrativos

Hace ya más de un decenio que se aconseja suprimir la tilde en el adverbio solo y en los pronombres demostrativos. Y esa recomendación se convirtió en norma de obligado cumplimiento en la mayoría de los casos con la aparición del Diccionario panhispánico de dudas (DPD) en el año 2005. Por fin, a partir de la publicación de la Ortografía de la lengua española (OLE), se recomienda la eliminación de dicha tilde incluso en casos de ambigüedad. Es decir, suprimir la tilde es obligatorio en general y se recomienda también en los casos de ambigüedad.

La redacción de la OLE puede prestarse a confusión, a interpretar que se recomienda eliminar la tilde en todos los casos, incluso en los de ambigüedad…, pero que en realidad es siempre optativo. Y no: previa consulta al departamento correspondiente, la Academia confirma que hoy se considera falta de ortografía tildar tales palabras salvo en los citados casos de ambigüedad, en los que aun así se prefiere prescindir de ella.

Regla de oro: adiós a la tilde de solo y los demostrativos siempre.

Sea como sea, ¿a qué casos de ambigüedad me refiero? A oraciones en las que solo puede interpretarse —en teoría— tanto como adjetivo como como adverbio. Así, si decimos Voy al cine solo, podemos querer decir que no nos acompaña nadie, en cuyo caso solo es adjetivo; o que vamos al cine únicamente, pero no nos apuntamos a las cañas de después, en cuyo caso solo es adverbio. Matizo que «en teoría» porque en realidad el contexto tiende a eliminar la ambigüedad y, además, esta desaparece con simples cambios sintácticos, como anteponer el adverbio: en efecto, si decimos Solo voy al cine ya nada más se entiende que ahí solo cumple función adverbial (salvo, quizá, en algún contexto poético).

Pues bien: como decía, incluso en estos casos ciertamente escasos —con los pronombres demostrativos directamente son inusitados— se recomienda quitar la tilde.

De nuevo la regla de oro: adiós a la tilde de solo y los demostrativos siempre.

Cuando en clase informo de estas modificaciones, no es extraño que los alumnos se quejen de los «cambios caprichosos» de la Academia y que hasta teman que mañana vayan a despertarse los académicos con humor travieso y decidan cambiar todas las bes por uves. A lo cual siempre respondo que el objetivo de tal institución no es chinchar ni desconcertar a los hablantes, sino alcanzar criterios coherentes, en este caso un criterio acentual. Sin duda, toda lengua encierra sus complejidades y anomalías, pero entiendo que es positivo perseguir el objetivo —por difícil que resulte su consecución— de alcanzar un criterio perfecto. Y quizá la belleza y fragancia de la lengua resida más en ese anhelo, en esa tensión entre su estado real y su estado ideal de perfección apetecida, que en la flor inmaculada y sin defecto.

¿Por qué criterio se rige la Academia, entonces, en el uso de las tildes diacríticas? Mi recuerdo escolar, como el de tantos alumnos, apuntaba erróneamente a que la pauta consistía simplemente en distinguir palabras de igual forma pero distinta categoría gramatical. Así, por poner solo un ejemplo, escribimos el bebé sin tilde porque ahí el es artículo, mientras que escribimos él bebe porque aquí él es pronombre dipsomaniaco: yo me doy a la bebida, tú te agarras cogorzas y él regresa a casa haciendo eses.

Sin embargo, el criterio no es este, pues en tal caso también deberíamos poner tilde a otros pares homógrafos y distinguir, así, entre Sal de casa (verbo) y La sal de la vida (sustantivo), Un corazón puro (adjetivo) y Te va a caer un puro (sustantivo), Tú velas por tus intereses (verbo) y Te quedaste a dos velas (sustantivo). Etcétera.

En los pares de palabras homógrafas, llevan tilde aquellas que sean tónicas cuando la otra palabra del par sea átona

El criterio, pues, es el siguiente: en los pares de palabras homógrafas, llevan tilde aquellas que sean tónicas cuando la otra palabra del par sea átona. En los ejemplos del párrafo anterior, ya fuesen verbos, sustantivos o adjetivos, sal, velas y puro son siempre palabras tónicas.

Pues bien: lo mismo sucede con solo y con los demostrativos, que son siempre palabras tónicas con independencia de que sean adjetivos, adverbios o pronombres.

¿Cuál era la bendita regla de oro? Ah, sí: adiós a la tilde de solo y los demostrativos siempre.

En realidad, la nómina de palabras átonas es muy reducida y se recoge en el punto 1.1.d) de la entrada ACENTO del DPD. En cualquier caso, esta pauta de la diferente tonicidad sí explica que lleve tilde Quiero que me dé la razón, pero no El uso de la razón está sobrevalorado: en el primer caso, la forma verbal es tónica, motivo por la cual se distingue con la tilde, mientras que en el segundo caso la preposición es átona.

Es verdad que cabría oponer como objeción que aún hay más pares de homógrafos con diferente tonicidad en los que no se aplica la tilde diacrítica. Así, si decimos Estoy para el arrastre, para es palabra átona, mientras que en Para, para, que no me entra el aire, la forma verbal para es tónica y, de acuerdo con el criterio expuesto, «debería» llevar tilde. Lo mismo sucede con Como usted quiera, don Eusebio, donde don es palabra átona, y Eusebio tiene el don de la inoportunidad, donde don es palabra tónica. (No son muchas, pero existen aún más excepciones).

Ahora bien, si ya se ha armado un enorme revuelo con la supresión de las dos humildes tildes de solo y los demostrativos, es fácil imaginar las manifestaciones multitudinarias de protesta (dejadme que fantasee con que a la gente le importan estos asuntos :-) ) en contra de la imposición de tildar, a partir de ahora, para, don y todas las demás excepciones.

¿Y por qué, cabe aún preguntarse, se respeta el uso tradicional de no tildar para o don cuando son formas tónicas, pero sí se ha decidido ir contra el uso asentado de tildar solo y los demostrativos? Porque de esta manera, por lo menos, puede que no estén todas las que son (que no tengan tilde diacrítica todas las palabras tónicas de pares homógrafos), pero sí son todas las que están (todas las palabras que llevan tilde diacrítica respetan verdaderamente el criterio de homógrafas tónicas). El adverbio solo y los demostrativos estaban, pero no eran. Así que ya sabemos la regla de oro.

El análisis podría terminar aquí, aunque, probablemente, si se quisiera alcanzar la coherencia total, lo que la Academia debería hacer en realidad no es tanto añadir tildes diacríticas a las formas tónicas de para o don y demás excepciones, sino suprimir todas las tildes diacríticas, pues no son necesarias y así atenderíamos mejor al criterio de brevedad y economía del lenguaje.

¿Por qué no ha propuesto esta medida la Acamedia? Porque chocaría contra el uso consolidado de tildar él, , , , etc., y cualquier cambio de este estilo —a las pruebas del solo y los demostrativos me remito— encuentra enorme resistencia por parte de los hablantes.

En definitiva, lo que cae por su propio peso es que la supresión de la tilde en solo y los demostrativos no es un capricho académico, sino que obedece a criterios justificados. Dicho esto, no me cabe duda de que es un mensaje larguísimo y probablemente solo lleguen al final los que ya prescinden de la tilde de marras.