Tarantino entra en la Disney

«Esto es Disney». Preguntado por los insultos en el fútbol español, Simeone afirmó esta semana que el ambiente de nuestros estadios, comparado con el de los argentinos, era poco menos que una ñoñería blandengue, «como ir al teatro —ironizó—. Esto es Disney».

Seducido, pues, por este clima jovial con que el Cholo caracterizaba a nuestro fútbol, me dispuse el domingo a ver el encuentro liguero entre el  Barcelona y el Atlético de Madrid. Sin chaleco antibalas. Sin un triste cinturón negro con que defenderme o repartir mandobles. Totalmente desprevenido, bastaron los prolegómenos para que los comentaristas recordasen unas declaraciones de Mascherano, quien en alusión a su compatriota y compañero de vestuario había tachado a Messi de «asesino, futbolísticamente hablando; sale al campo a coleccionar víctimas». Aunque busqué los dos rombos por todo el televisor, juro que no localicé en la pantalla advertencia alguna que alertase al espectador de la masacre que se avecinaba.

En efecto, no habían transcurrido ni diez minutos cuando Falcao envió un balón al palo, oportunidad que sirvió de inmediato para destacar la dinamita con que contaban ambos cuadros. A mí aquello me acongojó. Por la Disney saltando por los aires, con el ratón Mickey mutilado y el pato Donald tuerto y con traqueotomía. Pero lo cierto es que ver, lo que se dice ver, en rigor yo no veía nitroglicerina por ninguna parte, sino simplemente a veintidós futbolistas que se esforzaban por marcar gol con denuedo, y  ni rastro de artificieros en el campo.

Por si acaso resultaba que me había topado con locutores hiperbólicos, probé a sintonizar la radio. Con mano temblorosa, por miedo a que me explosionara el aparato, moví la rueda del dial hasta hallar una emisora que retransmitía el partido, es decir, el enfrentamiento, qué digo, el «duelo de cañoneros». Cómo no, para no frustrar expectativas, corría el minuto treinta cuando el Tigre consiguió el único gol rojiblanco. Lástima de búnker, el susto que me metieron: si aquello era cantar un gol, no me imagino escuchar a Braveheart alentando a sus hombres en la batalla. Y es que ahí estaba el «instinto letal del colombiano», por fin empezaba «el tiroteo», el equipo del Manzanares se había sublevado y, por si todo esto fuese poco, el santuario azulgrana quedaba profanado. Stephen King escribe historias de amor.

La alegría atlética apenas duró, en cualquier caso, ya que Adriano se encargó de empatar a los cinco minutos. Por lo que he podido leer en las crónicas posteriores, el brasileño «se inventó un misil que reventó la red» o «destrozó la escuadra». Antes, en directo y por la radio, con menos tecnología militar, optaron por una narración igualmente gráfica y enfática: «Es la guerra, gloriosa samba, Adriano abofetea la pelota», ahí es nada, aunque para mí que eso de abofetear se ejecuta a mano abierta y entonces el gol quizá no fue reglamentario.

Posteriormente, cerca del descanso, o «al filo» de este, Busquets marcó el segundo gol no con frialdad, sino «a sangre fría», circunstancia que no dudó en calificarse como «estocada mortal». Asimismo, en vista de que el corpus español anda magro de vocabulario violento, no faltó quien tildó al centrocampista de killer. Y luego Messi, la Pulga, sumó dos goles más al marcador, con los que primero «mató el partido» y luego «liquidó a su inmediato perseguidor». Así están los periódicos de esquelas.

Entiéndaseme: de sobra sé que quien retransmite un partido debe  trasladar toda su emoción a los espectadores o escuchantes, valiéndose a tal fin de recursos como la exageración y el discurso épico. Lo comprendo y lo agradezco incluso. Narrar un partido con frialdad de cirujano sería tan absurdo como operar borracho de aguardiente. Además, aunque los colchoneros se proclamen especialistas de la sinrazón, no es necesario ser atlético para prescindir de la cabeza o, por mejor decir, si ser atlético es un sentimiento, para dejar que el corazón sea el que piense. Pero una cosa es relajar el juicio para generar tensión narrativa y otra es convertir cada oración en un campo de minas.

Por separado, la mayoría de estos giros cumplen su propósito expresivo y hasta resulta loable, por ejemplo, la creatividad con que se aplica el sufijo -azo para inventar términos relacionados con golpes (o actos impuestos por la fuerza): así, por analogía con golpazo, se habla de alcorconazo o tamudazo, igual que en otros ámbitos se escribe tarifazo, decretazo y, recientemente, tasazo. De uno en uno, ningún dulce empalaga. Lo que aturde, como siempre, es la demasía. Si echo la vista atrás, de Romario aseguraban que era un jugador «de dibujos animados». Hoy, por más que lo diga el Cholo, o su dueño actual es Tarantino y ahora Goofy pasea con metralleta, o un fútbol con tanta violencia no puede llamarse Disney. No la Disney de mi infancia.

La presidenta, la jueza y la miembra (V)

Solo falta, pues, para terminar de desarrollar el título de esta serie de anotaciones en torno al género, que metamos mano al miembro sin rubor. Según parece, este vapuleado sustantivo causa repeluco atroz entre los partidarios de la corrección política, y ello hasta el punto de pretender transformarlo, cuando a mujeres alude, en tosca y tremebunda miembra, carente de cualquier pulimento, por no decir de piedad lingüística.

Sin duda, los lectores conocen que la palabra miembro puede emplearse como eufemismo de cierto órgano masculino encargado de dar respiro al cerebro en labores pensantes. No obstante, bastará que la mollera asuma el mando para discernir que existen acepciones de este término anejas a la mujer. ¿No es baladí precisar que un miembro se define asimismo como ‘individuo que forma parte de un conjunto o comunidad’, verbigracia, una ministra o militante de un partido político? Es justo en este sentido correligionario en el que se me antoja una petardez ese tic enojoso de ir hablando de miembros y miembras alegremente, como si la gramática hubiese sido concebida con el supremo anhelo de ofrecerse cual melón a pateadores de rugbi.

Lo diré: existe un tipo de sustantivos llamados epicenos con los que nos referimos tanto a hombres como a mujeres, sin que este dato —a diferencia de lo que sucede con los comunes en cuanto al género— quede concretado por el artículo precedente, que permanece invariable. En efecto, decimos siempre la persona, el personaje o la víctima, con independencia de que la persona se llame María José o José María, de que el personaje sea femenino o masculino, y de que la criatura sea chica o chico. Y tan ricamente hemos sobrevivido así durante décadas. No se nos ocurre, desde luego, tras despertarnos una mañana con bríos innovadores, agarrar un micrófono con la autoridad lingüística de quien podría estar blandiendo un Calippo y anunciar a través de sus ondas de lima limón la Verdad revelada, la Buena Nueva de que José María ha de ser en adelante un persono, don Quijote un personajo, una personaja la Ofelia shakespeariana, y qué decir del niño sufriente, doblemente un víctimo. No, cuando nos despertamos revolucionarios, acometemos como todo hijo de vecino la enjundiosa empresa de intercambiar de sitio el sofá y el televisor del salón; pero dejamos tranquilos los sustantivos, criaturitos ellos (?), que no tienen ninguna culpa de nuestras subidas de azúcar.

Todo esto, como podrá adivinarse, para informar de que miembro ha pertenecido tradicionalmente a este grupo de sustantivos epicenos, razón por la que espanta y estremece al oído sano el ingenio igualitario de las miembras. Aun a riesgo de merendarme mi vaticinio en tiempos venideros, estoy convencido de que tal perla idiomática no fracasará porque la Real Academia Española se oponga a su uso, sino que sucumbirá porque no hay cera suficiente en la oreja más taponada y guarra que pueda proteger el tímpano de esta barbarie. Si las colmenas tuvieran oídos, desearían ensordecer ante semejante aguijonazo.

Por otra parte, esto es verdad, sí parece que empieza a hacer fortuna el uso de este sustantivo como común en cuanto al género: el miembro / la miembro. La Nueva gramática de la lengua española así lo refleja en sus páginas. Pero no adelantemos acontecimientos. Este proceso de ir asentándose o descartándose novedades, en fin, constituirá la sustancia y médula de la entrada próxima de conclusiones.

La presidenta, la jueza y la miembra (IV)

Recorrido este camino, nadie debería rasgarse las vestiduras si subrayamos ahora la superfluidad de la voz jueza. Y lo concedo: de sobra sé que semejante innovación se halla extendida y asentada hasta en el uso culto. Pero no por ello la ‘mujer con potestad para sentenciar’ queda menos corneada por esa -a de asta arremetiendo contra el buen juicio, pegote impertinente cual empaste en muela no cariada, un adefesio. En efecto, insistir en la voz jueza no es sino propugnar una forzada variante femenina de lo que en rigor no tendría por qué dejar de ser más que otro sustantivo común en cuanto al género: el juez / la juez. Así de simple. Y así de controvertido (!).

De todas formas, por si acaso, quizá no resulte ocioso introducir dos conceptos nuevos: se llaman morfemas trabados (o ligados) aquellos que dependen de una raíz léxica, como la -a en niñ-a o la -o en ancian-o; mientras que las palabras que no pueden dividirse —sol, luz, mar, veloz, papel o pero, entre muchas otras— se denominan morfemas libres. Tal es el caso de juez, que solo podrá descomponerse si su graciosa señoría se atraca y atiborra de tantísima -a indigesta: ¿será jueza femenino de juez como del hombre tenaz lo sería una mujer tenaza?, ¿hasta dónde esta obstinación por desdoblar lo que no encierra dobleces?

Con todo, por si alguien no se da aún por convencido, bastará con recurrir de nuevo a la erudición iluminadora de Valentín García Yebra: «La inmensa mayoría de las palabras agudas que terminan en -ez son femeninas —nos aclara—: todas las terminadas en -dez, que casi llegan a cien […], y las acabadas en ­-tez (pasan de dos docenas). La más próxima a juez por la forma es nuez, que solo tiene distinta la primera letra».

Esta mayoría abrumadora de palabras femeninas entre los sustantivos agudos así acabados tiene visos de perpetuarse, además, pues tal es el género que impone el sufijo -ez al añadirse a bases adjetivales: tímido>timidez, viejo>vejez, brillante>brillantez, delgado>delgadez… De lo cual no se desprende que sufijo tan productivo en español sea sexista y contrario a los hombres, pero sí al menos que tampoco discrimina a las mujeres. ¿Cómo justificar,  en definitiva, atendiendo exclusivamente a razonamientos lingüísticos, la presencia de esa -a tan redundante en jueza?, ¿no correremos el riesgo de que una persona con ganas de pitorreo, por amor de una coherencia extrema, haga de tanto femenino diana de sus guasas y termine tomándonos, con perdón, por la coña de la Bernarda?

La presidenta, la jueza y la miembra (III)

Examinemos, pues, la configuración interna de los sustantivos comunes en cuanto al género terminados en -nte, como el cantante / la cantante, el creyente / la creyente o el residente / la residente. En este sentido, lo primero que merece nuestra atención es el hecho palmario de que todas estas palabras presentan como base un verbo. Dicho verbo pertenecerá mayoritariamente a la primera conjugación (cantar, amar, votar), pero también puede corresponder a la segunda (creer) o a la tercera (residir). A partir de aquí, del mismo modo que, si al tema verbal le añadimos el morfema -ré, obtenemos los futuros simples cantaré, amaré, votaré, creeré y residiré, de igual manera, si agregamos la terminación -nte, formaremos cantante, amante, votante, creyente y residente.

Pues bien: es con esta terminación -nte con la que el latín formaba el llamado participio presente, valor verbal obsoleto en la actualidad. En efecto, a diferencia de lo que sucede con el productivo morfema de futuro -ré, que nos permite conjugar sin sobresaltos Yo cantaré / Yo creeré / Yo residiré, hoy no se consideran gramaticales originalidades como *Yo cantante / *Yo creyente / *Yo residente,  más bien propias de infacundos imitadores de Tarzán. No siempre fue así. Tal como señala Leonardo Gómez Torrego en su Nuevo manual de español correcto, todavía es posible apreciar un vestigio de esta forma verbal en la locución Dios mediante, sinónima de Si Dios media o intercede (si le peta).

Estas formas, en síntesis, han visto desplazada su categoría gramatical hasta acabar convirtiéndose en adjetivos o sustantivos: no en vano, decimos, por ejemplo, Llevar la voz cantante, Considerarse una persona muy creyente o Las familias residentes en este distrito, con usos adjetivales, por un lado; y también Ser un cantante profesional, Quedar cada vez menos creyentes en una parroquia y Los residentes de este distrito, con usos nominales, por otro.

Ahora bien, ya se empleen como adjetivos o sustantivos, queda claro que todas estas palabras cuentan con un origen verbal. Y resulta pintiparado recordar en este punto que los verbos presentan morfemas de persona, número, tiempo, modo y aspecto…, pero no de género. Con otras palabras: las formas verbales no son masculinas ni femeninas. De ahí que escape de toda lógica lingüística considerar que cantante, creyente o residente sean palabras de género masculino e instar, a fin de evitar presuntas discriminaciones, a la creación de formas privativas del género femenino: *cantanta, *creyenta o *residenta. Y quien dice *residenta dice también, claro está, su casi gemela *presidenta.

No solo eso: una reivindicación tal, para ser al menos coherente, debería demandar que ese morfema de género femenino se hiciese ley extensiva a todos los sustantivos y adjetivos terminados en -nte. Sería forzoso, en consecuencia, hablar de *acertantas, *adolescentas, *concursantas, *contrincantas, *indigentas, *lactantas, *remitentas, *simpatizantas, *videntas… y, por supuesto, según tomaran o abandonaran el cargo, no habría mayor acierto que el de saludar con honores y loas a las *presidentas entrantas y salientas. Existen excepciones, de acuerdo. Cierto es que algunas voces dudosas se han asentado entre los hispanohablantes, como clienta, comedianta o lianta. Pero, si nos fiamos del análisis de Valentín García Yebra —y a falta de otras consideraciones que reservo para la entrada con las conclusiones—, la lista de palabras que se nos antojan chocantes (¿o chocantas?) excede sobremanera al parco repertorio de sustantivos o adjetivos que, engendrados como participios de presente, admiten el morfema -a.

Queda razonado, en definitiva, por qué contribuye a la unidad idiomática preferir el presidente / la presidente, como sustantivo común en cuanto al género —y exento de todo machismo—, antes que exigir la anómala variante femenina presidenta.

La presidenta, la jueza y la miembra (II)

Llegamos entonces a la cuestión, más peliaguda o espinosa, de la coherencia interna. Desde este punto de vista, huelga señalar que la inmensa mayoría de los sustantivos que terminan en -o pertenecen al género masculino (sombrero, río), del mismo modo que la generalidad de los sustantivos acabados en -a se relacionan con el género femenino: palmera, avenida. Siendo el lenguaje un sistema complejo, no obstante, el idioma español cuenta con un surtido imaginable de excepciones: desde la mano y los escasos acortamientos femeninos, como la moto, la foto y la quimio (apócopes en realidad de motocicleta, fotografía y quimioterapia), hasta una porción más nutrida —entre otras «irregularidades»; por ejemplo, el día— de nombres masculinos terminados en -ma: el pijama, el problema o el teorema. Conforme. Pero, admitido esto, en principio y en conjunto podemos afirmar sin sudores álgidos que las desinencias -o y -a se vinculan respectivamente con el género masculino y femenino. No solo eso: en el caso particular de los sustantivos que designan seres animados, de acuerdo con la Nueva gramática de la lengua española y ediciones anteriores, «el género sirve para diferenciar el sexo del referente», hombre o mujer, hembra o macho, frutero o peluquera.

Este paradigma afecta, por tanto, a los sustantivos que designan profesiones y cargos, motivo por el cual abrazamos sin reparos el par el camarero / la camarera. Ni siquiera necesitamos tomar conciencia de engranaje gramatical alguno para darle nuestro visto bueno, pues su forma «nos suena», igual que un rostro familiar al que enseguida nos confiamos. Crear *camareri nos desconcertaría y pondría en guardia de inmediato, pero camarero y camarera no requieren de presentaciones, por así decirlo. Entonces, retomando el caso de las ingenieras, las médicas y las notarias, el instinto idiomático sugiere espontáneamente estas formas femeninas. Que haya sectores que se inclinen por la ingeniero, la médico y la notario obedece a causas de interpretación incierta: ¿se debe a un sentimiento de inferioridad femenina, según el cual la ingeniero, la médico y la notario parecen insuflar más categoría o mejor quehacer profesional?, ¿o quizá es un efecto de malentender la «igualdad» anhelada entre mujeres y hombres?, ¿acaso responde a un saber auténtico que toma como modelo pares como el / la piloto, el / la soldado o el / la soprano?

Examinemos estas tres posibilidades, quizá las más probables, pero con seguridad no las únicas:

  • Si la preferencia por la ingeniero nace de un complejo de inferioridad hacia los hombres, entiendo que lo saludable pasa por dejar de depender del género masculino y, reconociéndose y aceptándose como mujer, identificarse la notaria con la desinencia -a, propia del género y el sexo femeninos. Se conseguirá así que la acepción caduca ‘esposa del notario’ quede completamente desplazada hasta volverse obsoleta.
  • En caso de que la elección de la notario surja de un deseo de igualdad, no revelo ningún secreto si declaro que hombres y mujeres no somos iguales, sino felizmente distintos y complementarios. Más que igualdad, intuyo que toda reivindicación feminista habrá de perseguir una legislación justa y prácticas de equidad, en especial en lo que concierne a su situación laboral o económica, pero también en cuanto a reconocimiento o prestigio artístico, científico, deportivo o de cualquier otra índole. En lo que al sistema lingüístico incumbe, tal parejura quizá podría concretarse en reclamar precisamente que la desinencia femenina -a se yerga en paridad de frecuencia con el morfema masculino -o, en vez de la opción contraria de refugiarse bajo este insignificantemente, agazapada la mujer detrás del morfema -o en la notario.
  • Suponiendo, por fin, que la opción la notario se fundamenta en pares análogos existentes (el / la soprano), valga manifestar que estos casos son harto desacostumbrados. Conque, a fin de salvaguardar la unidad de criterio —tan conveniente en gramática como empobrecedora en las artes—, parece recomendable no tomar como modelo las excepciones, sino los usos regulares.

Sirve este último punto, de cualquier manera, para introducir el concepto de sustantivos comunes en cuanto al género, denominación con la que aludimos a aquellos nombres en que los morfemas femenino y masculino no alternan, sino que se impone una forma única y el sexo del referente queda precisado por los determinantes próximos: el / la modelo, el / la tenista, el / la atleta, el / la suicida, el / la hortera… Se infiere de esta lista, breve pero representativa de la totalidad, que el número de sustantivos comunes en cuanto al género terminados en -a supera y multiplica a los que acaban en -o. Un hombre ofendido por semejante circunstancia podría presentar este rasgo lingüístico para cuestionar el presunto machismo del idioma español, pues aquí «queda invisibilizado» —de acuerdo con la expresión recurrente de muchos alegatos feministas— tanto el burócrata como el aristócrata, desde el periodista hasta el novelista. No en vano, así como se ha discriminado a la mujer impidiéndole el acceso al trabajo no doméstico, también se ha discriminado históricamente al hombre empujándolo a un mundo laboral desabrido, muchas veces enojoso y endurecedor, según ha podido comprobar la mujer desde su incorporación a él. Ese hombre podría, pues, cifrar su sensibilidad y capacidad creativa en ese morfema de género supuestamente escamoteado: ya que nosotros no experimentamos el embarazo, ya que hemos de ser fuertes y no dejar escapar una lágrima así nos arranquen una muela sin anestesia o nos canten un réquiem para celebrar el cumpleaños, ¿qué menos que enorgullecernos de nuestras profesiones artísticas, tan conectadas con las emociones, y proclamarnos *novelistos o *violinistos?, ¿qué prodigios corporales nos encumbran aparte de los malabarismos y proezas que ejecutamos como *futbolistos o *ciclistos?

Podría ser. Los hombres podríamos tratar de conquistar nuestra sensibilidad arañándole al léxico una vocal, ese morfema de género que diferencia el sexo en los seres animados. Pero también podría argumentarse que no hay tal discriminación lingüística —en este punto al menos—, sino que simplemente nuestro idioma dispone de sufijos variables (-ero / -era, -logo / -loga) e invariables. De entre estos últimos, muchísimos terminan en -a, como -ista, -atra y -nauta (el / la taxista, el / la pediatra, el / la internauta); menos acaban en -o, como -ismo o -dromo (laísmo, hipódromo); y, en menor número aún, los hay que finalizan con una consonante, como -itis (apendicitis). Por mi parte, yo prefiero que ese tesoro y cultivo de afectividad masculina provenga del sentir diario, de habituarme a respirar mis alegrías y tristezas, de asumir mis entusiasmos, congojas e impaciencias; de detenerme a mirarme y también de aprender a soltar y a dejar de analizarme para simplemente ser y reposar en la ternura y el miedo y el aburrimiento y el orgullo y la envidia y todo cuanto de humano surja y descubra dentro de mí. Al César lo que es del César y a la lengua sus sufijos.

Nada más de momento. En la siguiente entrada, abonado ya el terreno para discernir con criterios lingüísticos —no emocionales—, nos adentraremos por fin en los sustantivos comunes en cuanto al género terminados en ­-e o en consonante: ¿la presidente y la juez?, ¿o mejor la presidenta y la jueza?

La presidenta, la jueza y la miembra (I)

Mucho se ha hablado —y seguirá debatiéndose a buen seguro— sobre el desdoblamiento de los sustantivos que designan profesiones y cargos. Algo tan natural como distinguir entre bibliotecarios, panaderos o secretarios, por un lado, y bibliotecarias, panaderas o secretarias, por otro, se presta sin embargo a discusiones acaloradas cuando —por proponer dos de los casos más controvertidos— la actividad desempeñada es la de juez o el cargo que se ocupa corresponde al de presidente. ¿Existen formas femeninas específicas para nombrar a las mujeres que desarrollan tales funciones? De no ser así, ¿deben crearse?, ¿con qué fin?

En este sentido, si se persigue el consenso de la comunidad de usuarios del idioma, toda conclusión habrá de quedar respaldada por argumentos coherentes. En concreto, esta coherencia puede apoyarse en referentes externos o internos al sistema lingüístico: así pues, hablaremos de coherencia externa cuando el argumento apunte a que el idioma español debe reflejar nuestra cambiante sociedad moderna; mientras que por coherencia interna entenderemos aquellas razones puramente gramaticales, como la capacidad de los sustantivos de presentar morfemas de género o número.

Centrándonos primero en la coherencia externa, difícilmente extrañará que la palabra abogado aparezca en el Diccionario académico de 1925 solo en su variante masculina, mientras que la forma femenina permanece sin agregar hasta la edición de 1992: sin duda, el número de mujeres que ejercen la abogacía en la actualidad ha aumentado de tal forma durante el último siglo que la inclusión de abogada es tan lógica ahora como décadas atrás innecesaria. Nuevos tiempos siembran palabras nuevas.

Y por si acaso resulta pertinente la aclaración, para quien considere que existir sí que existían algunas mujeres abogadas en 1925 y que en tal medida la forma femenina debería haber figurado ya entonces, cabe recordar que la Academia consagra aquellos términos bien asentados entre los hablantes, de uso extendido y con tradición demostrable. Ello explica, cambiando de ámbito momentáneamente, que el término SMS no se encuentre en la edición de 2001, cuando la telefonía móvil aún estaba despuntando, pero sí se incorpore en el avance de la vigésima tercera edición —disponible en línea—, una vez que se han extendido y generalizado tanto el intercambio de tales mensajes como la escritura de la sigla. Tal desfase temporal no manifiesta en realidad sino la prudencia de una institución que busca garantías antes de bendecir modismos fugaces y perecederos, voces de paso como el fistro de Chiquito de la Calzada, ubicuo a mediados de los noventa y comprensiblemente abandonado tras su apogeo chistoso o bufonesco finisecular.

De acuerdo con el mismo patrón de desdoblamiento en abogado y abogada, cabe reunir, en fin, a todas las arquitectas, ingenieras, médicas, notarias y demás mujeres que en la actualidad honran dichas profesiones. Y además en legión. Sorprende en este punto, en cualquier caso, la desigual acogida de estas formas femeninas, a menudo por parte de las propias mujeres: por ejemplo, así como la palabra ingeniera se recoge ya en el Diccionario de 1992 para nombrar a la mujer que profesa la ingeniería, el término notaria continuaba a la sazón denominando únicamente a la esposa del notario; de hecho, no adquirió rango autónomo como funcionaria y fedataria legal hasta la edición de 2001, y aun hoy muchas notarias prefieren denominarse mediante la forma masculina. Del mismo modo, incluso hoy se observan reticencias hacia la variante médica, que en diversas zonas geográficas prevalece en su forma masculina, precisado el referente por el determinante que antecede al sustantivo: el / la médico, muchos / muchas médicos.

Se trata, como se desprende de todo lo antedicho, de un proceso adaptativo de ida y vuelta entre lengua y sociedad, de su desarrollo y adecuación simbiótica naturales. Nada más, por tanto, que añadir respecto a la coherencia externa. Confío en que de momento no habrá voces disonantes. Aunque no canto victoria: o mucho me equivoco o esta era la parte sencilla de la exposición. Veremos.

Dignidad y confianza

(Aunque considero que su argumento es lo de menos, esta entrada adelanta parte del desenlace de Los restos del día).

Esta semana he leído Los restos del día. Escrita por Kazuo Ishiguro con una delicadeza exquisita, no es de extrañar que la novela inspirase a James Ivory para dirigir una película cuatro años después, estrenada en España como Lo que queda del día en 1993. Este matiz en la traducción (el título original es The Remains of the Day tanto para la obra en prosa como en la adaptación cinematográfica) resulta de por sí revelador. No en vano, basta detenerse unos segundos para comprender que una elección u otra implica una mirada casi opuesta respecto a esas horas crepusculares. En efecto, el título de la novela proyecta una interpretación amarga y da a entender que el protagonista tiene ante sí nada más que los restos de su vida, tiempo sobrante como huesos de pollo sin mascota, horas —en fin— sin más destino que la basura; la segunda opción, por el contrario, abre una rendija de optimismo: aún queda día, hay esperanza —parece sugerirnos—, no todo ha terminado.

¿Qué traducción refleja con más fidelidad el espíritu de la novela? En mi opinión, es evidente que Stevens, su protagonista, no ve con buenos ojos el balance de su trayectoria vital ni es —expresado con llaneza— la alegría de la huerta. Y ello a pesar de sus esfuerzos por desarrollar un mínimo sentido del humor sin más fin, de nuevo, que el de complacer a su patrón y, habiendo adquirido otra herramienta útil para su trabajo, ser capaz de responder a las bromas de mister Farraday. Lo cual no impide que estemos ante un personaje complejo, tan atractivo como humano, capaz de refrenar sus sentimientos hacia el ama de llaves, miss Kenton, de los que ni siquiera parece tomar conciencia hasta las últimas páginas. Durante toda la novela, Stevens se entrega a un ejercicio de introspección, obsesionado con precisar su concepto de dignidad. Tal es, en efecto, la pregunta que una y otra vez se expone y olvida, se retoma y abandona para volver a ser desarrollada, relegada y de nuevo perfilada. Stevens no descansa. Ya sea haciéndose eco de las opiniones de otros personajes, ya mediante un ejercicio de reflexión y recuerdo, indaga sin cesar en busca de la esencia que pueda permitir caracterizar como digno a un mayordomo.

¿Cuáles son sus aproximaciones?, ¿es la dignidad un don de la naturaleza?, ¿puede uno afanarse en conseguirla? A este respecto, podemos leer: «Y permítanme manifestar lo siguiente: la dignidad de un mayordomo está profundamente relacionada con su capacidad de ser fiel a la profesión que representa. El mayordomo mediocre, ante la menor provocación, antepondrá su persona a la profesión. Para estos individuos ser mayordomos es como interpretar un papel». Dignidad, por tanto, entendida como lealtad a la profesión, la cual abandera con orgullo anteponiéndola a cualquier consideración personal, hasta el extremo de atender antes a un invitado de mister Farraday que a su propio padre moribundo. Por extensión, podríamos afirmar que la dignidad no ya de un profesional, sino de una persona consiste en desarrollar coherencia: en ejercitar tal cualidad mediante ensayos de repetición y fortalecimiento, como si de un músculo se tratase; y en ejercerla progresivamente, llevándola a la práctica e integrándola en el día a día como modo de ser, estar y actuar en la vida.

La dignidad, así concebida, no es un rasgo que puedan arrebatarnos, pero sí podemos perderlo si nos traicionamos; nadie nace con dignidad, pero en manos de cualquiera está el hacerse merecedor de tal distinción. Sin duda, ante un bebé o un niño pequeño, que ni siquiera ha asentado aún un sentido de identidad y se percibe como ser-en-el-mundo —mundo único integrado—, no como el adulto ser-separado-del-mundo —mundo múltiple y fragmentado—, ante una criatura de tan corta edad no cabe hablar todavía de su dignidad: «¡Qué ricura!, ¡qué inocente!, ¡qué frágil!, ¡qué preciosidad!», todo ello brotará naturalmente desde nuestros corazones hasta asomar a los labios y hacerse palabra y caricia hablada; mientras que, si al visitar a una parturienta, alguien ponderare a su criatura exclamando «¡qué bebé más digno!», a fe que la madre protectora mostraría su mejor juicio alejando al niño de semejante orate. En el otro extremo del arco de la vida —y entonces el vivir queda simbolizado por la cuerda en tensión que cose nuestra biografía; y entonces la flecha que apunta es arma portadora de sentido vital y de muerte a todos destinada—, un anciano que soporta dolores abdominales y se disculpa por quejarse «mucho» y, camino del baño, mientras avanza con sus muletas tan torpes, «suelta aire» en presencia nuestra, este anciano de ochenta y ocho años muestra la dignidad de quien, asumiendo lo escatológico como una obra de factura íntima, preferiría ahorrar a su invitado ese incordio más o menos sonoro o pestilente, pero siempre ridículo en comparación con los cólicos que él sufre.

Por otra parte, si la dignidad implica coherencia, la coherencia exige autoexamen, virtud de observación propia: el requisito mínimo es tomar conciencia no digo de quién soy —cuestión que nos adentraría en metafísicas resbaladizas fascinantes—, pero sí de cómo soy, cuáles son mis valores, de qué madera es mi carácter forjado y en qué situaciones me rindo a mi temperamento original; cómo triunfo y flaqueo, cómo me premio y castigo y me perdono; qué vida más buena o más terrible me voy dando. Primero eso. En el caso de Stevens, como ha quedado dicho, la coherencia pasa por ser fiel a la profesión de mayordomo, la cual ha elegido honrar.

(A modo de paréntesis, quizá sea oportuno precisar, de acuerdo con Sonja Lyubomirsky —yo al menos descubrí esta categorización en su libro sobre La ciencia de la felicidad—, que podemos entender nuestro quehacer laboral de tres maneras: como un trabajo, da igual cuál, pues lo único importante es el dinero percibido a cambio; como una carrera, en cuyo caso ese puesto es un peldaño de una escalera que apunta a otros fines, digamos el prestigio o la fama o el poder; o como una vocación, circunstancia afortunada en que la labor en sí resulta satisfactoria más allá de compensaciones secundarias. Desde esta perspectiva, siendo Stevens mayordomo vocacional, se comprende que vea como intérpretes farsantes (¿indignos?) a quienes se limitan a ejercer tal profesión con descuido y por salir del paso. Yo no me atrevo a juzgar de un modo tan riguroso a quien desempeñe un trabajo sin sus cinco sentidos —no siempre soy el trabajador ideal que me gustaría, a veces me reprendo y hasta ahora siempre me he perdonado—; pero sí creo que, cuando he trabajado sin entusiasmo o meticulosidad, no solo el resultado ha sido pobre, sino que yo mismo he quedado empobrecido; mi ética del trabajo se ha resentido porque, a solas y en silencio, sé que, si uno acepta un empleo con unas condiciones dadas, ha de desempeñarlo como mejor sepa aunque tales condiciones sean precarias —por escasez de tiempo o remuneración—, y esto es así porque uno las ha aceptado previamente y porque el trabajo bien hecho, como dicen los mayores, lleva en sí su propia recompensa).

Ahora bien, ¿qué sucede cuando se es mayordomo en periodo de entreguerras y uno acaba dándose cuenta —solo al final de la novela— de que el patrón al que ha servido resulta ser él indigno o, cuando menos, dicho con apenas una pizca más de indulgencia, una marioneta manipulada por los nazis? Tal es la pregunta que tortura a Stevens después de tomar conciencia de que ha entregado su vida a un hombre al que difícilmente podríamos llamar majestuoso. Por supuesto, esta duda puede actualizarse y universalizarse: ¿servimos a alguien o a algo?, ¿sabemos a quién o a qué?, ¿cómo es su corazón bajo las prendas con que viste? Si la evaluación de nuestra dignidad depende de estas respuestas, no cabe duda de que hallar la contestación nos incumbe a todos. Desde luego, Stevens acaba la novela lamentando haberse contentado con confiar en que el amo era noble.

Y eso es lo triste: lo que a mí me produce más tristeza de la novela es que nuestra capacidad de confiar se debilite con cada desengaño sufrido. Sería un mundo gris aquel en el que la confianza terminara enterrada por el recelo. Por eso, porque en pleno octubre agradezco que el cielo esté azul y despejado y entre el sol por la ventana, y pese a los engañadores que en todas partes acechan y embaucan —ya hablaré de GasySolar—, yo prefiero que sigamos arriesgándonos a cultivar la confianza, una confianza renovable según las experiencias compartidas, una confianza vigilada, nunca alerta (¿confianza alerta?), pero confianza en resumidas cuentas. Faltar a eso, comportarme en contra de mi estimación natural de la buena fe de las personas, quebrantaría mi visión del hombre y me dejaría con una humanidad desoladora e indigna.

No me niego a ver. Intento mirar más allá.

Día Internacional de las Personas Mayores

Me informan de que hoy se celebra el Día Internacional de las Personas Mayores. Toda una casualidad, pues precisamente mañana me incorporo a un programa de acompañamiento en domicilio. En este caso, de momento solo sé que C. tiene ochenta y ocho años, vive solo y paga para que duerman en su casa y no estar solo por las noches. A partir de este primer encuentro de mañana martes, me iré formando una idea de cuánta vida hay por detrás de esos casi noventa años. Y de cuánta vida hay por delante.

Como es lógico, a los voluntarios no se nos encomiendan tareas de asistencia profesional: en la mayoría de los casos, carecemos de la formación necesaria, de modo que el mejor servicio que podemos prestar al respecto, si no el único, es avisar a los servicios sociales de que tal anciano vive solo. Solo y, sobre todo, aislado. Todo ello siempre y cuando el anciano solicite recibir esa ayuda y compañía, claro está, circunstancia que ni ha de darse por supuesta ni puede imponérsele a todo trance. De hecho, cuanto más autónoma es la persona mayor, hasta prescindir incluso de «toda ayuda externa», tanto mejor para ella. Si el anciano se siente capacitado para relacionarse por sus propios medios con otras personas que disfrutan jugando a las cartas o simplemente charlando, la figura del voluntario queda felizmente desplazada. Puede que el objetivo inicial sea ofrecer compañía, pero el fin ideal sería crear una red de relaciones sociales que permita a la persona mayor desenvolverse sin voluntarios. Ciertamente, ellos preferirían no necesitarnos.

Respecto a mí, supongo que elijo este programa porque, si la mala salud o un accidente no nos encuentran antes, todos terminaremos siendo mayores: también mi madre, también mis suegros; también Laura, también yo. Con treinta y ocho años recién cumplidos, reconozco en mí tantas facetas como etapas vitales conviven en mi interior: a mi manera, sigo jugando a diario hasta límites que a veces rozan un bendito infantilismo; como en la escuela, continúo con curiosidad por aprender y descubrir; intento equilibrar, además, el deseo de afecto y la necesidad adolescente de afirmarme con espacios de independencia; por supuesto, asumo el trabajo, un trabajo del que disfruto, como parte de mi vida adulta… Y entonces me acuerdo de aquella cita según la cual «ser anciano es tener todas las edades».

Por mucho que pueda asustar, ser anciano no es únicamente la antesala de la muerte, un castigo inclemente (?). Y ya suena tópico y baladí repetir que temer la muerte denota a menudo no aprovechar la vida mientras dura. Lo cual no se soluciona sumando años a la vida, sino, continuando con las frases hechas, sumando vida a los años, cultivando el presente. No, si imagino mi vejez, apuesto a que encerrará todos los años comprendidos hasta haberla alcanzado: no solo mis casi cuarenta años actuales, sino también la madurez y progresiva ancianidad de mis siguientes décadas. ¿No es mucha vida junta para no compartirla?, ¿para invisibilizar a los mayores escondiéndolos o no yendo a su encuentro por miedo a la muerte o a nuestra propia vejez?

No es la primera vez que participo en un programa de acompañamiento similar. Durante un año, visité semanalmente a D., aquejado de alzhéimer. Aunque su discurso se volvía incoherente mes a mes, me gusta pensar que sosteníamos una verdadera conversación, apoyada en los tonos de voz, en las sonrisas, en los ojos agrandados, en cada expresión facial que nos permite comunicarnos más allá de las palabras. De paso, era un modo de dar respiro a su esposa, sufridora y disfrutadora a partes iguales del olvido y la presencia deteriorada de su marido.

Presencia. De eso se trata en definitiva. Creo que todos necesitamos que los demás —siquiera otro, un otro— atestigüen que estamos vivos. Durante muchos años, disponemos de los recursos necesarios para procurarnos la compañía deseada. En algún momento, por desgracia, algunas personas se ven privadas de sus seres queridos y de sus facultades para generarse relaciones sociales. Y van quedándose cada vez más excluidos del mundo, más ajenos a la vida, hasta que dan en sentir que solo les queda aguardar la muerte.

No tiene por qué ser así. Aunque soy el primero que, por vergüenza o temor a parecer entremetido, ha tardado meses en preguntarle al vecino de abajo si quiere mi teléfono por si necesita algo —y a una vecina de mi anterior casa nunca llegué a ofrecérselo—, lo cierto es que, una vez que superé mis reticencias, este vecino mío se ha mostrado agradecido por el gesto. Es increíble que algo sencillamente humano, tan natural no hace mucho tiempo y quizá aún común en zonas rurales, me suponga un quebradero de cabeza…

Me desvío. Digo, en resumen, que celebro este Día Internacional de las Personas Mayores y que deseo que progreso y humanidad vayan de la mano: que las tecnológicas redes sociales ayuden también a que las personas se sientan más cercanas, es decir, más vivas, gracias a los contactos que posibilitan.

¿Sabéis? En mis conversaciones con D., en medio de todo el galimatías de saltos temporales y lapsus lingüísticos y olvidos reiterados, una y otra vez me repetía: «¡Como no me dice nada!». A fuerza de acompañarlo, llegué a entenderlo tal como unos padres descifran el balbuceo de su bebé, ininteligible para otros adultos que no convivan con él. D. se encontraba atascado en el momento en que había pedido la mano de E., a la espera de su respuesta, impaciente, con el corazón en vilo. Eso sucedía durante el año y en el día justos en que sus familiares les organizaron una fiesta sorpresa por su cincuenta aniversario de casados. Puede que no fuese consciente de que E. ya había aceptado su petición y llevaban medio siglo de matrimonio feliz. A pesar de la bruma, en cambio, D. no había olvidado que esa respuesta era vital. Ignoraba su profesión, pero conservaba sus sentimientos. Había que observar su rostro de perplejidad, suma de incomprensión, maravilla y lucidez fugaz, cuando E. le explicaba que llevaban juntos toda la vida.

Desde luego, las personas mayores pueden ser tanto pozo como camino de sabiduría. Y, aunque al salir a pasear avancen despacio, me gusta acompañarlas. Yo soy el voluntario, ellas nos brindan la oportunidad de humanizarnos.

Puntuación de las fórmulas de despedida

Así como es habitual cerrar los encabezamientos de cartas o mensajes electrónicos con una coma indebida, pues lo correcto es terminarlos con dos puntos —Estimado señor Tello:, no *Estimado señor Tello,—, del mismo modo es frecuente dudar respecto a la puntuación de las fórmulas de despedida.

En este sentido, la RAE –cito textualmente de un mensaje privado– expone los siguientes criterios:

En la correcta puntuación de las despedidas epistolares se pueden distinguir los siguientes casos:

a) Si la despedida no tiene verbo, termina con una coma. Ejemplos:

Atentamente,

Sonia López

Sin otro particular, un saludo,
Sonia López

Besos,
María

b) Si en la despedida hay uno o varios verbos en primera o segunda persona, termina con punto. Ejemplos:

De antemano, les agradezco su atención.
Sonia López

Reciba un cordial saludo.
Sonia López

c) Si en la despedida hay uno o varios verbos en tercera persona, se pueden dar dos posibilidades:

[c.1)]— Que el sujeto gramatical de ese verbo (o de esos verbos) sea la firma. En este caso no se escribe ningún signo (porque se considera que despedida y firma forman una oración). Ejemplo:

Sin otro particular, le saluda atentamente
Sonia López

[c.2)]— Que el verbo forme parte de una oración con sujeto propio (es decir, que la firma no sea el sujeto del verbo de la despedida). En este caso la despedida se cierra con un punto. Ejemplo:

Dios guarde a usted muchos años.
Sonia López

Reciba un cordial saludo.
__________
Departamento de «Español al día»
Real Academia Española

Cabe oponer la objeción de que, según este criterio, en las opciones a) y c.1) los textos quedan sin punto final. En este sentido, yo tendería a poner punto también en la opción a), pero no se me ocurre cómo introducir el punto final en la opción c.1), a no ser que en este caso la firma deje de considerarse elemento extratextual y se decida poner el punto después de ella.

Sea como sea, ante la duda, quien no se anime a argumentar en contra dispone de este criterio bendecido por la RAE. Lo importante, como de costumbre, es adoptar un criterio y unificar en todos los textos.

La oscuridad y el faro

He manifestado «mi rechazo a las injusticias de este sistema y los integrantes de los Gobiernos popular y socialista».

Respecto al sistema en sí, ahora mismo solo sé que esta realidad —tan tenebrosa— apesta, pero saber lo que no quiero no basta. Ni estos políticos me representan ni me representan todas las reclamaciones y actitudes de los indignados, entre los cuales me cuento, sin duda, siempre y cuando se reconozca que hay tantas clases de indignados, por un lado, como partidos políticos, por otro, como posiciones mixtas.

Esta oscura realidad apesta, pero un movimiento difícilmente se debe definir por oposición a: de acuerdo, acabamos con esta forma de aplicar la democracia…, ¿y luego qué? Cualquiera que haya asistido a las reuniones sectoriales del 15-M habrá comprobado que la democracia totalmente horizontal, sin representantes, con derecho de veto por un solo voto en contra, resulta inoperante. ¿Algún partido político con un programa que recoja un ideario constructivo de los indignados? Y si no es mediante representación política, ¿entonces cómo abordamos —sobre qué estructura nos apoyamos para— la organización del bien público?, ¿de qué manera llevaremos a buen puerto esta sociedad entre tinieblas?, ¿acaso habrá particulares que construyan con fondos propios un faro del que luego se beneficien todos?